Es un espacio para la discusion y publicacion de juicios plurales y hasta divergentes con el autor que esta orientado al enriquecimiento de nuestro quehacer academico. kike silva
viernes, 24 de diciembre de 2010
Navidad?
Con los años, las cosas se complicaron. ¿Cómo explicarse el nacimiento de Cristo el 24 de diciembre, apenas 16 días después de la Inmaculada Concepción? Me di con la sorpresa que allí naufragaba la sabiduría de muchas personas cuyo criterio valoraba en alto grado. Por cierto, siendo Dios todopoderoso podía haber dispuesto así las cosas, pero, ¿acaso no insistían las fuentes sagradas en que Dios había escogido hacerse hombre para venir al mundo? ¿Por qué, entonces, violar de esa manera las leyes naturales? Alguien me dijo que ese era un dogma de fe, y como tal no debía discutirse, pero nadie supo decirme dónde constaba esto, como sucedía con otros dogmas, como el de la Santísima Trinidad. (Claro, tuvo que ser un amigo judío quien me sacara de mi ignorancia, enseñándome que la Inmaculada Concepción se refiere no a la concepción de de Jesús sino a la de María, y se trata de un dogma aprobado por la iglesia recién siglo XIX).
Mayor fue aún mi sorpresa cuando descubrí que ninguno de los evangelistas hablaba de la Navidad, y que en ninguna página de la Biblia figuraba la fecha del nacimiento de Cristo. ¿Por qué celebrarlo entonces el día 24 de diciembre?
Hablar del misterio de la Navidad no era ya, a estas alturas, aludir a la mágica fecha de mi infancia sino a un conjunto de enigmas dignos de una novela policial, de los cuales, por cierto, ya era el menor el de la existencia de Papa Noel.
Años después vine a saber que las primeras celebraciones de la Navidad documentadas datan del siglo IV, el de la declinación del imperio romano, y que el misterio del porqué se escogió el día 24 de diciembre estaba profundamente vinculado al de la celebración del día domingo como el Día del Señor.
Sucede que el cristianismo se convirtió en religión universal gracias a su adopción como religión oficial por el imperio romano, donde, como en toda sociedad basada en la agricultura, el calendario astronómico jugaba un rol capital. El 24 de diciembre los romanos celebraban el solsticio de invierno en el imperio; la fecha cuando, finalmente, luego de la noche más larga del año, triunfaba la luz y comenzaban a hacerse más cortas las noches y más largos los días. Hay que haber estado en Europa y ver los días que terminan hacia las cuatro de la tarde en invierno y se prolongan hasta las once de la noche en verano para comprender lo que esto significa.
Esa fecha era, pues, fundamental en el calendario de las fiestas religiosas precristianas en Roma; algo similar al Inti Raymi de los incas, la más importante festividad solar del hemisferio sur, celebrado el día 24 de junio, que corresponde a nuestro solsticio de invierno. Así, al extenderse el cristianismo disputando el espacio a las antiguas religiones superpuso su festividad más importante, el nacimiento de Dios, sobre los antiguos cultos solares. Lo mismo sucedió en la nominación de la semana con el día Domingo, que de Día del Sol se convirtió en Dominicus dies: el Día del Señor. Esta correspondencia aparece transparente en el inglés: Sunday, el Día del Sol.
Hubo una época cuando el festejo de los Reyes Magos (superpuesto sobre la conmemoración del solsticio en Egipto, el 6 de enero) fue la festividad dominante en el Perú. Mientras estuvimos bajo la égida cultural de España fueron los Reyes Magos los encargados de entregar regalos a los niños, como aún sucede en algunos países australes europeos y en algunos estratos sociales de países latinoamericanos menos penetrados culturalmente por los Estados Unidos, como Argentina y Uruguay. Dicho sea de paso, según la tradición, los Reyes Magos son originarios de Persia, lo cual algo ha de significar en el Mediterráneo, y sobre todo para un país como España, donde los musulmanes provenientes de Oriente dejaron una huella tan honda a lo largo de muchos siglos.
Pero cuando la influencia de la Europa mediterránea declinó y ascendió la de los países nórdicos en América Latina, gracias a la hegemonía de los anglosajones protestantes —ingleses primero y norteamericanos después— nuevos personajes y nuevos componentes de la tradición celta fueron incorporándose al imaginario navideño. El árbol de navidad, un pino tan nórdico como Santa Claus —ese gordo maravilloso vestido con invernales ropas rojas, proveniente del Polo Norte, que conduce por los cielos un trineo arrastrado por renos voladores— remplazó al pesebre del nacimiento. Se coló así en la fiesta un antiguo dios pagano del hogar, encargado de agasajar a los niños. Para entonces, la cena pascual se había poblado ya de esa formidable dieta invernal, rica en calorías, con todo y panetón con frutas secas y chocolate caliente, para combatir la inclemencia de un clima que (¡oh paradoja!) corresponde en estas tierras al calor del verano que comienza. Y así nuestras navidades se poblaron de pinos de plástico y nieve de algodón, conmemorando el nacimiento de un Dios hombre que llegó al mundo en el desértico territorio de la antigua Judea, donde no hay ni pinos, ni renos, ni (casi nunca) nieve.
El cristianismo consiguió imponerse en el mundo a costa de múltiples transacciones con las antiguas tradiciones locales. De allí el carácter sincrético de una Navidad a la que la iglesia ha tratado de darle un contenido unívoco: la conmemoración del nacimiento de un niño Dios que decidió venir al mundo para redimir a la humanidad de su culpa original. Aunque este mensaje suele hacerse borroso en medio de la superposición de íconos y símbolos encontrados que pueblan la festividad, hay un contenido que se ha hecho universal: la identidad entre la Navidad y la fiesta de los niños, la familia y la paz.
Más allá del mensaje particular de la festividad cristiana, estos motivos han hecho una fiesta ecuménica de la Navidad, celebrada inclusive por los no creyentes. Por eso la imagen de un desvalido niño Dios, nacido en medio de un comedero de animales (eso significa la palabra pesebre), seguirá cautivando la imaginación de los hombres. Y seguirá conmoviéndonos ese llamado a la paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad que un día de Navidad, durante la Primera Guerra Mundial, hiciera salir por unas horas de sus trincheras a millones de hombres hacia la tierra de nadie, para confraternizar con sus enemigos, desesperando a sus estados mayores, que tuvieron mucho trabajo para conseguir que las tropas volvieran a sus posiciones (recurrieron inclusive a bombardear a sus propios hombres), a proseguir la meticulosa matanza con que Europa celebraba su alta civilización.
Bueno, en lo que a mi respecta la navidad ya nunca volverá a ser como cuando yo era niño.
lunes, 15 de noviembre de 2010
yo tamb perdi mi bb
Paso 1. El difícil pero milagroso estado offline.
Hace más de un mes perdí mi Blackberry. Después dos días de: “¿quién diablos es tan desalmado para robarme a mi mejor amigo del escritorio de la oficina?”, “¿por qué soy tan ridículamente despistada?” y “¿qué cosa señorita, reponer el mismo equipo cuesta 1,249 soles?”, decidí no comprar otro celular.
La vida sin celular, ¿es posible? Pues claro que sí. Y no solo es posible sino que además es un gran alivio. He vivido semanas en el oasis de paz de la incomunicación. No me malentiendan. Uno, tanta tranquilidad jamás hubiese sido posible sin tener acceso a Internet casi las 24 horas del día y dos, sé que eventualmente volveré a tener uno. Sin embargo, hasta ahora si no quiero contactarme con alguien, nadie se podrá contactar conmigo. Qué rico.
Hace poco rompí palitos con alguien y no tener celular fue una bendición de los dioses de la tecnología.
Reconozco que soy una experta en dar el primer paso (mi primer paso) para olvidar. Esto consiste en lo siguiente: deshacerme de todo aquello que me recuerde al pasado que se acaba de esfumar, que aún me mantenga unida a él o que juegue en contra de olvidar a paso de polka, es decir, lo más pronto posible. En la práctica esto significa botar a la basura ese polo que aún huele a él, romper fotos, borrar fotos (más de acuerdo a la era digital), exterminar todo tipo de recuerdos (la media que se olvidó, el CD con el soundtrack de la relación, su cepillo de dientes y esa caja de cereal de colores a medio comer que, por cierto, jamás será terminada) y lo más importante: bloquearlo y eliminarlo de los contactos de las cuentas de correo que tengo (las cinco), y por supuesto, de Facebook, Twitter, Skype, Flickr, Fotolog y y un largo etcétera auspiciado con toda esta nueva tecnología para “estar en contacto” siete días a la semana, 24 horas al día.
Pero claro, siempre está el tema del celular.
Si pienso en mis padres, o aún mejor, si pienso en mis abuelas y sus historias sobre cómo se enamoraron de mis abuelos (o el novio que tuvieron antes del abuelo), la conclusión es la misma: en esa época no había tanta tecnología a la mano. Cuando no existía el teléfono ¿qué hacían entonces los miembros del club del corazón partido por la mitad?, ¿se paraban a esperar al cartero?, ¿correr al telégrafo a ver si alguien les mando una disculpa en clave morse?, ¿miraban al cielo esperando a la paloma mensajera? El teléfono es indiscutiblemente un gran invento, sin embargo también es un arma letal para los que están siendo en este momento ametrallados por el desamor; porque lo primero que necesita alguien para olvidar es poner distancia entre tu corazón y el finadito. Sí, es lo último que queremos hacer, pero es indispensable. Y ojo, distancia no quiere decir: “no lo voy a llamar hoy, pero mañana que me sienta más fuerte lo voy a llamar para mandarlo al pozo de la miseria”. Si distancia es para algunas un día, serán clientes frecuentes y quizás socias vitalicias del pozo de la miseria (donde, por cierto, jamás verán a su ex ahí dentro por más que lo busquen). Ahora el primer paso de los adictos al amor de alguien que no te quiere no es sacarlo de tu mente, sino sacarlo del chip de tu celular y borrar ese mismo número de tu memoria.
Antes de convertirme en “The cleaner” (en jerga cinematográfica significa el trabajo de esos patas como Harvey Keitel en Pulp Fiction que se dedican a limpiar todas las huellas de un crimen), yo he cometido en el pasado todos y cada uno de los errores clásicos. Mi única tara, la que aún persiste, ha sido el celular.
Cuando he estado triste por alguien y he mirado al aparatito inalámbrico ese, lo he odiado más de una vez. No solo lo he odiado, lo he aborrecido. Una noche de autobomba en la que una vez más confirmé con la mirada que no tenía ni una llamada perdida -- no hablo de la época del terrorismo, sino cuando pensaba que podía hundir mis penas en un huaracazo de lo que sea que estuviese repleto de alcohol--, llame al ex y después de un timbrazo atendió la contestadora. Entonces colgué, lo tiré contra la pared (por eso anduvo una temporada vendado con masking tape) al mismo tiempo en que gritaba cual samurai: ¡ssshatumareeee!
Lo único que puedo decir después de esta pequeña y vergonzosa confesión es: NO LLAMAR. Nunca y por ningún motivo o circunstancia. Hay una poderosa razón que nadie se detiene a pensar: él no quiere que lo llames. Lo suyo ya se terminó, game over, the end, ces´t fini.
No llamar es estar OFFLINE. Desconectarte del ex de tu mundo virtual es permanecer OFFLINE. Ni tus amigos ni el mundo entero tienen que saber que estás haciendo llamados al destino vía Internet pidiendo otra oportunidad. Lo más seguro es que quedes en ridículo, que te hagas fama de estar chiflada y que él te elimine de sus contactos antes que tú lo elimines a él.
He visto con mis propios ojos el equivalente virtual al “estoy medio muerta en mi cama abrazada a un panetón viendo por decimotercera vez "El diario de Bridget Jones" y "El diario de Bridget Jones 2". Eso es la actualización progresiva, feroz de sus estados emocionales en Internet.
Estado en Facebook: esperando que alguien venga a rescatarme
Estado en Facebook después de cinco minutos: ¿dónde estás?
Estado en Facebook después de diez minutos: maldito seas
Estado en Facebook después de quince minutos: maldito sea el amor
...
Estado del Messenger: sola, ¡al fin!
Estado del Messenger después de 5 minutos: sola.
...
Estado del gchat: la soledad rockea
Estado del gchat a los 5 minutos: soledad de mierda.
Estado del gchat a los 10 minutos: te necesito.
Estado del gchat a los 15 minutos: llama, por favor.
...
Primer tweet de la noche: todo pasa por algo.
Segundo tweet de la noche: las personas que creen que todo pasa por algo son unas cojudas.
Decimoquinto tweet de la noche: ¿qué pasa si mezclo tequila con Fanta?
Trigésimo tweet de la noche: te extraño, 'Gatito'.
Hacerse la víctima por Internet puede causar severos daños a una autoestima grado cero. Y existe un alto riesgo de que la persona implicada, tus amigos o familiares puedan pensar que estás pasando por una etapa de insania mental.
Anexo para tercas (duchazo de agua fría en invierno).
-¿Qué pasa si él no sabe que soy yo la que llama? Soy muy viva y he puesto el ID de mi celular en “número no identificado”.
¿Crees que él no sabe que no eres tú la que llama y llama y no habla? No hay que ser un genio. Además, ¿no preferirías tener tu vida de vuelta que convertirte temporalmente en una operadora de telemarketing trabajando en triple turno?
-Él dijo que lo llame.
Eso se llama conciencia cochina, no interés y menos, amor. No importa que te haya dicho la popular palabrita: “ya hablamos” para evitar sentir la culpa de dejarte contra tu voluntad o que te llame para preguntarte si estás bien porque lo llamaste 14 veces a las 5 de la mañana.
-¿Y si tengo una razón importante, como llamarlo para devolverle su polo del Sport Boys (es su camiseta favorita y sé que la extraña)?
Esa no es una razón, esa es una excusa.
-¿Y si él me llama a mí?
Si has sido buena chica y no lo has llamado, pero una de cinco noches él te llama “para ver cómo estás”, cuando está en un bar con sus amigos y cuando se siente solo (eso tiene una fácil traducción: s-e-x-o).
Creo que todos nos merecemos alguien que nos llame a cualquier hora, no solo cuando está borracho, necesita subirse un poco el ego o tiene ganas de sexo con la ex. Como si separarse no fuera lo suficientemente tranca, algunos lo ponen aun más difícil de lo que es. Bueno, es hora de bloquear su número o cambiar el tuyo.
-Estaba acostumbrada a hablar con el todo el día, ahora lo extraño demasiado.
Bueno, eso es exactamente lo que uno siente cuando ya no está con alguien, no es nada del otro mundo, además ¿qué mejor cosa que llamar a alguien que en realidad quiere saber de ti? Los amigos están para eso, han firmado un acuerdo de estar ahí en las buenas y en las malas después de todo.
-¿Y si lo llamo para sentirme un poquito mejor?
Funciona igual que para los adictos. Te sientes un poquito mejor en pocos segundos, pero te sentirás como una gran basura patética unos minutos después. Es como un autogol, no te hagas eso.
Una cosa que me dijo una amiga muy sabia es esto: en vez de pasar el tiempo encerrada pensando en él, hacía cosas que eran mejores que llamarlo.
Yo he hecho mi lista.
1. Voy a ir al cine o a comprarme 10 DVD de películas que él jamás vería conmigo.
2. Voy a emborracharme con mi mejor amiga oyendo lo mejor de Smiths.
3. Voy a hacer algo que jamás haría, como comprarme un vestido rojo que he visto en una vitrina.
4. Voy a cortarme el cerquillo como el de Zooey Deschanel.
5. Voy a grabar un CD de pura música que me hace feliz.
6. Voy a preparar tallarines verdes con pollo al horno y los voy a comer en mi cama con una copa de vino viendo una película de terror.
7. Voy a llevar a mi madre a un lugar donde sé que va a ser feliz.
8. Voy a jugar a separar los animalitos feos de los bonitos con Catalina. Esa niña tiene una colección de animales de plástico realmente grande.
9. Voy a viajar sola lejos de aquí.
10. Voy a hacer algo que no he hecho nunca, como ir de paseo a un cementerio.
11. ¿Qué esperan para hacer su propia lista?
sábado, 22 de mayo de 2010
Amiga? yo no soy tu amiga¡¡¡¡
Yo sonreí, me contuve y al final me decidí a comentar:
-Se acaba de confirmar que en el Perú has parado sobre todo con sectores C y D.
-¿Cómo sabes?
Yo le expliqué que en los sectores A y B no es tan común llamar “amigo” a un mozo, pues implicaría establecer una relación horizontal o cercana, con alguien percibido como socialmente inferior. En el sector E tampoco es frecuente, porque nunca comen en restaurantes.
“Amigo” se emplea mucho en sectores populares limeños para dirigirse a un desconocido que por su juventud no merece el trato de “señor” y por su extracción social no merece el trato de “joven”. En algunas ciudades, se emplea prácticamente por todos los estratos sociales, acompañado de tú o de usted.
Si se dirige a una persona equivocada, esta palabra puede generar disgusto:
-¡Yo no soy tu amiga! –le respondió con frialdad una universitaria que conozco a una vendedora de Gamarra, que había osado espetar el consabido: “-¿Qué te ofrezco, amiga?”
Para personas como esta amiga mía, parte del encanto de Wong o Vivanda es que ningún empleado “igualado” emplea las expresiones usuales en los mercados: “amigo”, “casero”, “seño” o “señito”. En esos supermercados, los empleados se limitan a decir “señor”, “señorita” o “señora” o simplemente guardan silencio, como se espera de una sumisa trabajadora del hogar. Sólo cuando una verdadera trabajadora del hogar aparece en la sección carnes o embutidos, puede volverse a escuchar, pero despacio “-¿Qué te despacho, amiga?”.
Mientras amigo implica horizontalidad, joven revela la existencia de una relación jerárquica. Se trata de un término respetuoso (siempre acompañado por usted) dirigido a un varón no casado que tiene cierto poder (como una versión femenina de “señorita”). Por eso, las empleadas del hogar llamarán así al hijo de la familia donde trabajan, aunque sea mucho mayor que ellas (o les doble la edad, como sucede en mi caso). Sin embargo, también alguien que se considera en una situación social superior puede decir joven, como algunas mujeres de sectores altos y medios cuando al dirigirse a un mozo o un taxista.
Mientas joven es una palabra usada predominantemente por mujeres, entre varones existen diversas palabras (compadre, pata, socio, ‘on, flaco, broder, causa, cuñado, etc), que trascienden estratos sociales, carecen de connotación jerárquica y se usan entre conocidos o desconocidos, desde el emotivo“¡Tú eres mi pata!” hasta el indiferente: “Pregúntale al pata que atiende”. Maestro es la palabra que puede introducir una distancia, porque se usa con usted y la emplean las mujeres hacia un gasfitero o un electricista. Entre hombres, también suele tener un tono de falsa solemnidad.
A cierta edad, aparece el término hijito/a, normalmente para dirigirse a una persona más joven de condición social inferior. Lleva implícito el tuteo y suele encubrir un reproche: “¡Apúrate, hijita!”, aunque una señora más coloquial le dirá a su jardinero eficiente: “¡Te pasaste, hijito!”.
Los términos pueden cambiar con el tiempo. Por ejemplo, actualmente, sólo personas mayores llamarían “niña” a la cajera de una tienda. Otro cambio lo he visto en la última década en mi Universidad, donde los profesores hemos pasado de ser llamados “doctor” (tengamos o no Doctorado) a “profe” o, en el mejor de los casos “pro’sor” (aunque siempre de usted). Ahora sólo las secretarias y el personal de limpieza usan el “doctor”. En otra universidad, que prefiero no mencionar, algunas docentes se angustian al ser llamadas “Miss” por alumnos de colegios que tampoco quiero mencionar.
Últimamente algunos que pretenden ser progresistas llaman cholo a sus amigos (con el argumento que “todos los peruanos somos cholos”). Otros, más osados, recrean términos llamando a sus patas chicho o bróster.
En la vida cotidiana, uno puede pasar de ser señor a choche o de doctor a hijito en dos minutos, dependiendo de con quién esté alternando. A veces se produce en la misma persona un cambio abrupto, como sucede cuando un taxista empieza tuteándome y luego, por algo que dije (o por dejar propina) pasa al “señor”. Ocurre también a la manera inversa.
El problema con las expresiones coloquiales y el tuteo, es que muchas veces quien habla así con un desconocido pretende que le contesten de usted, estableciendo una relación vertical. Por eso yo prefiero decir “señor” y, cuando siento confianza con alguien como para tutearle, intento saber su nombre, sean alumnos, taxistas o colegas de la piscina. Por eso también, en la sierra, me resisto a mamita, papá o papacito lindo porque los siento como demasiado ambiguos, que se emplean tanto para señalar la superioridad o la inferioridad de una persona.
En una sociedad tan jerarquizada y discriminadora como la nuestra, aún las expresiones aparentemente horizontales pueden encubrir relaciones de poder
miércoles, 21 de abril de 2010
SE ACABO?
¿En qué momento se había jodido todo?, ¿a dónde se fueron las palabras de amor y los ruegos de Inés de "no me dejes nunca, por favor"? Martín no solo había perdido a su princesa. Con ella se le extravió la felicidad, se le congeló el amor, y en su alma se alojó una nostalgia que hasta hoy parece ser perpetua.
Martín era un muchacho soñador y noble que siempre se nutrió de libros, películas, y aprendió de canciones, de esas que abundan en Quilca. Inés se enamoró de él y de su mundo encantador. La envolvió en una realidad que ella siempre desconoció, la atrapó, la cautivó, y se convirtió en la mejor compañera que aún añora.
Jugaban a ser esposos, paseaban de la mano por el parque El Olivar, en San Isidro, donde él le confesaba que estaba orgulloso de tener como enamorada a la chica más linda de todas. Se entregaban a ese profundo deseo de estar desnudos amándose. Conversaban hasta el hartazgo de sus planes cuando vivieran juntos con hijos, muchos hijos, y sobre las historias de él cuando estudiaba en San Marcos y fundó la Trinchera Norte. Creo que la única competencia que tenía el amor de Inés era con la adorada U de Martín. También creo que después de Inés, él nunca más volvió a estar en la cama con una mujer a la que amara tanto como a ella. Sus nuevas relaciones solo servían para confirmar que, aunque sea muy viejito, siempre amaría a aquella princesa de los días gloriosos.
Cuánto hubiera querido Martín eternizar esos instantes al lado de su Inés, a la que una vez le regaló un polo en el que se leía: Te amo√-1 mi amor es irracional. Un poema de Luis Hernández.
Pero, vinieron tiempos difíciles, Inés cambió. En palablas de Pablo Milanés: el tiempo pasa y el amor no se refleja como ayer. Las conversaciones se convirtieron en discusiones y la distancia le declaró la guerra al amor de Inés y Martín. La sonrisa enamorada de ella se le desdibujó del rostro y el pequeño mundo que habían construído se desvaneció. Lo único que no cambió fue el amor imperecedero de Martín a su querida Inés.
Él cumplió la promesa, que se hizo asímismo, de no buscarla más, de no caminar por los lugares donde ella podía estar. Temía y, aún teme, encontrarla de la mano de otro hombre. De esa delicada mano que le regaló mil caricias mágicas de amor.
Nunca la olvidó, por el contrario, su recuerdo aún está tatuado en su corazón. Pero, no supo nunca más de Inés durante dos años.
Un día, de esos aciagos días que se convierten en imborrables, Martín miraba un partido de fútbol en la tele y sonó el teléfono.
-¿Aló?
-Hola, Martín. Soy Inés.
Martín tembló. Los latidos de su corazón se hacían más intensos.
-Estaba viendo el Mundial y me acordé de ti.
¿Es tan fácil llamar, después de tanto tiempo, sin pensar en que podemos moverle el piso a esa persona que nos esperó siempre?
Volvió a escuchar esa vocecita que tanto había extrañado en las eternas noches de soledad.Quería verla, amarla otra vez. Ir corriendo a sus brazos.
La conversación duró pocos minutos pero intercambiaron correos.
Martín corrió a contarme feliz el retorno de su antigua compañera, y llamó a la mejor amiga de Inés para que le diera señales del súbito retorno. Acaso, deseando que le respondiera: porque te ama y nunca se olivó de ti. Nadie la volvió amar como tú.
Pero recibió una dolorosa noticia.
Ví a Martín caminar hacia mí, temblando y con los ojos enrojecidos.
-Inés tiene un hijo de un año.
Se mordió el labio, cerró los ojos, y las lágrimas cayeron sobre su mejilla.
No sabía qué mierda decirle. Solo cogí su hombro fuertemente y lloré con él.
viernes, 12 de febrero de 2010
Las 10 palabras más utilizadas por las mujeres
1.- BIEN:
Esta es la palabra que usan las mujeres para terminar una discusión cuando creen que
tienen la razón y el hombre tiene que quedarse callado.
2.- CINCO MINUTOS:
Si la mujer se esta vistiendo significa media 30/45 minutos aprox. Si el esta jugando
play station o haciendo cualquier otra cosa, significa que solo son 5 minutos.
3.- NADA:
La calma antes que la tempestad. Quiere decir algo y deberá estar alerta.
Discusiones que empiezan con NADA terminan con BIEN (ver el punto 1).
4.- HAS LO QUE QUIERAS:
Es un desafio, no un permiso. No lo hagas.
5.- GRAN SUSPIRO:
Es como una palabra pero no verbal, muy a menudo los hombres no lo saben interpretar.
Un GRAN SUSPIRO significa que ella piensa que eres un idiota y se pregunta porque esta perdiendo su tiempo peleando contigo y discutiendo sobre NADA (mira el punto 3).
6.- OK:
Es una de las palabras más peligrosas que una mujer puede decir a un hombre.
Significa que una mujer necesita pensar muy bien antes de decidir como y cuando
hacértelas pagar.
7.- GRACIAS:
Una mujer te agradece; no hagas muchas preguntas o no te desmayes, quiere solo darte las gracias (pero si dice MUCHAS GRACIAS es puro sarcasmo y no te esta dando las gracias de verdad).
8.- COMO QUIERAS:
Es le modo gentil de la mujer de decir ándate a la m...?!
9.- NO TE PREOCUPES QUE YO LO HAGO:
Otra frase peligrosa; significa que una mujer pidió a un hombre hacer algo varias veces pero se tuvo que dar por vencida y le toco hacerlo ella misma. Esto llevara al hombre a preguntar: ¿Pero que hice de malo? La respuesta de la mujer es el punto tres.
10.- ¿QUIEN ES?
Esta es solo una simple pregunta, pero recuerda que cada vez que una mujer te pregunta: ¿QUIEN ES? En realidad te esta preguntando: ¿QUIEN ES ESA? Y ¿QUE ES LO QUE
QUIERE CONTIGO???!!! mucho Ojo a lo que contestas.
martes, 12 de enero de 2010
El Peor post del 2009
Luctuosos sucesos:- Si bien es cierto que todo lo que ocurre en esta desgraciada tierra es luctuoso (y no estoy hablando de fútbol, ¿ah?), hay hechos más fúnebres que otros. El último ha sido la matanza en la Selva, gracias a que chunchos de la edad preagrícola, ignorantes, primitivos y feroces, fueron azuzados por comunistas y sinvergüenzas que desean convertirlos en los "tontos estúpidos" que los elevarán a las alturas de un gobierno dictatorial, asesino y carnicero.
Para comenzar, no se atrevan a llamarme racista. Para racistas, los chunchos. Escuché las declaraciones de uno de ellos, masticando apenas el castellano, diciendo que habían muerto "cinco soldados, cuatro nativos y un mestizo" ¡Es decir! Ni los criadores de perros se atreverían a tanto. Recordemos también que el organismo ese, el Aidesep o como se llame, se considera "interétnico", o sea, interracial. Otro de estos paleolíticos mencionó la muerte de "tres nativos, cuatro soldados y un civil". ¿No es delicioso? Tal como lo sospechaba, ahora resulta que los chunchos (¡perdón! nativos) no son "civiles". Si alguien pretende enjuiciarme por mi supuesto "racismo", les advierto que ya lo intentaron los juliaqueños y se fueron de culo en la Fiscalía. En todo caso, también tendrían que enjuiciar a la Enciclopedia Universal Ilustrada, más conocida como Espasa, en cuyo tomo 17, página 702, dice a la letra: CHUNCHO, CHA. Adj. Indio salvaje que habita en los bosques del Amazonas. U.t.c.s.
De modo que ya lo saben. Para aquellos que aún consideran a estas "etnias" como grupos humanos de gentes "buenas", "ingenuas" y "candorosas", les recuerdo que fueron estas mismas las que perfeccionaron el arte de reducir las cabezas de sus enemigos y llevarlas en los cinturones de piel que sujetaban sus taparrabos. Con los congresistas van a fallar. Ya esas cabezas no pueden reducirse más. En todo caso, si los "nativos" no lo hicieron con los 25 policías que asesinaron y se comieron sus restos, fue solamente por falta de tiempo.
Además, estos chunchos -a los que he visto luciendo camisitas Lacoste y politos bien fichos, así como zapatillas Adidas- se niegan a que se explote el petróleo -que es propiedad de todos los peruanos- que ellos alegan se halla en "su" territorio. ¡Vaya concha! Tampoco atracan con la explotación maderera racional y por la misma razón. Y para remate, no quieren pagar impuestos. ¡Perfecto! ¿Cómo creen, infelices asesinos de policías, que funcionan las fábricas cuyos productos ustedes llevan encima? ¿Con agüita? ¿Cómo creen que se fabrican las medicinas y hospitales que ustedes reclaman gratuitamente? En lo que a mí concierne... ¡váyanse a la mismísima, taparrabos y todo!
Y no menciono los motivos de "cosmovisión", que ahora esos mismos chunchos sacan a relucir a cada rato. Apenas chancan el castellano, sus lenguas nativas no pasan de ochenta vocablos ¿y ya mastican el concepto de "cosmovisión" que todos los demás peruanos debemos respetar? ¿Y me vienen con que no hay "progresistas" y humalientos detrás de todo esto?
Estoy organizando una protesta seguida de una matanza de policías en Arequipa. Por si no lo saben, según la "cosmovisión" de nosotros los arequipeños, se debe capar a todos los moqueguanos y tumbesinos que habiten en "nuestro" territorio, el "gobierno de turno" debe respetar nuestra cosmologobiología.
También he escuchado a dirigentes -los más tranquilos- que "exigen" dialogar. ¡Por qué, carajo! ¿Por qué se debe "consultar" con esas etnias que ya eligieron en las últimas elecciones generales a las autoridades que ahora dictan las leyes? ¿Los "Malditos del Cono Norte" también exigirán diálogo para derogar el Código Penal?
Y no menciono a las tres "personas nativas con rasgos étnicos definidos" (definición oficial de "indio", ojo, para evitar "racismos"), a las tres vedettes de la cloaca parlamentaria que ahora están haciendo un carnaval puneño en pleno hemiciclo. Me refiero a las congresistas que creo se apellidan Supaypahuahua, Cachachanca y Hatunracca. Les ruego me disculpen, pero tengo poca capacidad retentiva de nombres y no hablo una sola sílaba de quechua o aymara (O huitoto, o mayoruna, o jíbaro o aguaruna, para el caso).
Pero a todo esto, ¿existe aún un solo peruano que no se haya percatado que detrás de todo este chongo selvático está el excremento comunista, y las deposiciones humalientas dispuestas a echar al actual gobierno e instaurar por la fuerza la República Bolivariana Socialista del Perú? ¿Alguien duda aún que detrás de todo esto está la cacaneta con orejas ("chávez" que le dicen), moviendo los hilos de Ollantita, el polichinela 2? ¿Y han visto al triste y olvidado oportunista, Javier Diez Canseco, haciendo barra por los aguarunas? El hombre está -literalmente- bailando en una pata. Lo único que sienten éstos es que hayan habido más policías muertos que chunchos. Esto no les sirve.
¿Quiénes creen que adoctrinaron a ese seudonativo chuncho, el del ridículo sombrerito de plumas, para que organizara toda la matanza y que luego huyó por los techos como la rata que es (que me disculpen las ratas por la comparación)? Y para remate, con la ayuda de las Huarilloccllas y las Choquecallatas del Parlamento, las que deben ser engrilletadas y arrojadas a la mazmorra más fría y húmeda de Lurigancho.
Y para desgracia nuestra, todo esto tiene para largo... para muy largo. No sé qué espera Alan que no prepara a su FAP con todo el napalm necesario.
Hasta más vernos.
NOTA: Sigo esperando a que los congresistas honestos me hagan llegar la oposición que hicieron al aumento de dos mil y pico de soles en sus sueldos.
lunes, 11 de enero de 2010
ALGUNA VEZ AMASTE EN SERIO A UNA MUJER ?
"Te contare mi estimado amigo que me he pasado casi toda la noche leyengo todos los temas que has colocado y me he dado cuenta que la mayoria es de chicas,algo de desamor,infidelidad y esas cosas, los primeros temas estaban mejores pero como se ve que te gustan estos temas te dejo uno para que lo metides y hagos un super comentario como los demás
ALGUNA VEZ AMASTE EN SERIO A UNA MUJER ?"
Waooo, que tal pregunta.
Si me encontrara con un desconocido(a) (anónimo), y este(a) me hiciera una interrogante tan intima como esta; sin dudarlo le respondería: "y a ti que chu". Pero en honor a la verdad, con lo que en realidad quiero decir: EN HONOR A MI VERDAD, si este fugaz desconocido(a) no fuese TAN desconocido(a) ¡NO SABRÍA QUE RESPONDER¡.
Lo mas probable es que medite un momento y trate de llevar la pregunta por el "lado amable", es decir trate de distraer la situación tan incomada en la que nos pone una pregunta de este calibre; probablemente diga algo como esto: " Enserio?, no; NUNCA.. siempre las ame de juguete- asumiendo que el enserio al que te refieres sea sinónimo de "DE VERDAD" y no sea sinónimo de "A LA FIRME" , "A LA BUENA", "CON EL BOBO"..."
O quizá simplemente responda: "A una mujer jamas¡¡¡... a un varón si"; existen mil respuestas como estas con las que uno puede calmar los cuestionamientos tan imprudentes de otros.
Pero si en este momento de mi vida alguien conocido me pregunta: ALGUNA VEZ AMASTE EN SERIO A UNA MUJER ?; con la mayor sinceridad del mundo le diría: " ¿Ame?, no lo se; capaz si capaz no.. de lo que si estoy seguro es que ahora, hoy día, en este instante siento que AMO enserio o mejor dicho siento que amo con el bobo o para expresarlo mejor diría siento que amo a la buena a la merfi a UNA MUJER"
Y uds. estimados lectores (as); ¿como responderían a una pregunta así; claro que respetando las diferencias de genero?.
lunes, 21 de diciembre de 2009
¿Las promesas que queremos escuchar?
- Voy a cambiar (“Sí, Juan”, como diría mi papá).
- Eres la mujer de mi vida (Después de mi mami, de mi ex de mi otra ex ..y de mi perrita Pochita)
- Nadie te amará como yo (felizmente estas coja)
- Nada podrá separarnos (Eso dijeron del Titanic)
- Siempre estaré ahí para ti (ver para creer)
- Tú me completas (extraído de la película “Jerry Maguire”, cuando Tom “media naranja” Cruise quería de vuelta a la esposa con la que se había casado sin amor)
- Esta vez va a ser diferente (¿Cómo?)
- Tú siempre serás la primera (¿y qué hacemos con la segunda y la tercera?, ¿ nos mudamos a un harén a lo Badani? )
- Te amo para siempre (A ver ¿me pasas tu definición de siempre?)
- Nunca me dejes ( ¿Apostamos?)
- Tú eres la única (Quiero que me lo demuestres, no que me lo digas)
- Necesito tiempo (Lo que quieres es dejarme en cámara lenta, cobarde)
- Necesito tiempo para pensar (¿Mentir te dejó exhausto?)
- No te merezco (Eso es obvio)
- Te prometo que alguien te dará lo que te mereces (Este se cree la reencarnación de Nostradamus)..
y la mejor y la mas conchan(como diría Meier)que escuche fue:
- ¡Es que me hace sentir vivo¡ (sera la única por que yo intente de todo y eso no se para ni con macumba)
Y si tu querido tormento o deseada tormenta tiene novio/a, esposo/a, otro/a, la cosa se pone peor y más graciosa, siempre y cuando no seas tú el/la novio/a, esposo/a, otro/a.
- Me casé porque ella estaba embarazada (Ja)
- Me casé porque ella me dijo que estaba embarazada (Ja, ja)
- Ella y yo no tenemos sexo (Ja, ja, ja)
- Con ella no tengo lo mismo que tengo contigo (Ésta es para las más sordas)
- A ti te amo, ella es solo mi esposa (Solo eso, nada más, felizmente)
- Si la dejo, se muere (Sí, seguro le va a dar un infarto si la deja tremendo idiota).
- Dormimos en cuartos separados (Esta es la del más conchudo)
- A ella la quiero, a ti te amo, te deseo, te necesito (Bien fácil, ¿entonces por qué no estás conmigo y sigues con ella?)
-...en las buenas y en las malas... (¿Dónde he escuchado esto?)
PD : Si lees esto .. no pienses que soy casado por que ¡¡¡NUNCA LO HARÍA¡¡¡
domingo, 22 de noviembre de 2009
¿Ese es un beso?, no; es un Pico nomas¡¡
Cuántas maneras hay hoy en día de referirse al beso. A mis amigos les he oído expresiones que van desde el clásico “me la chapé” o “me la agarré” hasta fórmulas un tanto más barruntas, como “le metí un chapetex”, “le metí un chaplín”, “le apliqué un Charles Chaplin”, o la horripilante “me la jeteé”.
Recuerdo que antes, en pleno ejercicio de la adolescencia, los besos eran ocurrencias más esporádicas y, por lo general, restringidas a personas muy especiales: la enamorada, la chica que estaba cerca de serlo, o la chica a la que te unía una historia particular. Eso era lo normal, lo típico, lo que se estilaba. Lo exótico era más bien eso que ahora es tan común: besar indiscriminadamente, solo porque sí, porque provoca.
Hoy no importa que a quien beses sea una extraña, una anónima, una equis. Es más, el vacilón, muchas veces, consiste justamente en eso, en el contacto provisorio, en el beso vehemente, en el “si te vi no me acuerdo”. Lo que antes solamente sucedía en el contexto de una generosa sesión de ‘botella borracha’ (todos contra todos) ahora sucede a cada rato.
Y ojo que no lo digo a manera de crítica, sino como una modesta observación. Además, no puedo ser tan fresco ni conchudo, porque si bien es cierto que prefiero besar a alguien con quien comparta algo más sustancioso que el simple epidérmico frenesí de una noche enajenada, también es verdad que más de una vez he dado rienda suelta a esas ganas cavernícolas que te incitan a resbalarte por el húmedo tobogán de una boca anónima.
De todos modos, incluso en la circunstancia más extraña o retorcida, cada vez que beso a alguien pongo todo mi afecto y compromiso en eso. Sea corto o largo, apasionado o delicado, blando o rabioso, seco o baboso, oportuno o apresurado, legal o prohibido, un beso siempre hace que me involucre y que deposite en el instante toda mi energía y mis expectativas. No sé si es por sentimental o más bien por calzonudo, pero para mí un beso es el acto físico más poético posible. A diferencia del sexo, donde toda la dinámica se hace explícita y donde hay un natural componente de cachondez y de impudicia, en el beso hay todavía una oportunidad para el intercambio silencioso de mensajes sugerentes. Por eso cada vez que beso a alguien (lo cual acontece menos a menudo de lo que quisiera) ofrezco un comportamiento tierno que en ninguna otra circunstancia podría tener.
lunes, 16 de noviembre de 2009
10 cosas que no tienes que hacer por no tener novia
Las invitaciones, sin embargo, llegaron para dos. Esto me hizo pensar en lo complicado que suele ser, a veces, no tener novia. Pero creo que es mucho más complicado tenerla. Me explico. Llegamos solos a este mundo, por lo que nuestra condición natural es andar como Sylvester Stallone (léase eStá alone). Andar con alguien más supone adaptarse a otra persona. Esta experiencia, además, no es acumulativa. Es decir, que haberte adaptado bien a tu ex no significa que pasará lo mismo con la futura ex. Por eso me parece importante destacar…
10 cosas que no tienes que hacer por no tener novia
10. No tienes que tolerar insufribles sobrenombres por los que no te llamaría ni el chibolo más ladilla de tu cole. Por ejemplo: Gordo, cielito, cuchi, bebé, nenito, papi etc.
9. No tienes que lidiar esos cambios de humor por hormonas. Ni la posibilidad de sustos en cómodas cuotas mensuales.
8. No tienes la tentación de ser infiel.
7. No tienes que pegarla de TaxiSeguro cada noche.
6. No tienes que twittearle vía telefónica qué haces ni con quién estás (ni explicar porqué no lo estás haciendo con ella).
5. No tienes que comer ensaladas para hacerle la taba a la señorita que cuida la línea, ni tienes que afeitarte todos los días porque, Gordito, raspas.
4. No tienes que ver películas con Sandra Bullock.
3. No tienes que responder con diplomacia a esa oportuna tía de tu novia que pregunta: “Ay, chicos y ustedes cuándo se casan”, mientras la chica sonríe y te mira esperando respuesta.
2. No tienes que tratar de hacerte pata de esa camarilla de gente, cuyos intereses simplemente no te interesan, a la que tu novia llama amigos.
1. No tienes que soportar frases tipo: “Ay, Papi, no tengo vestido para acompañarte a ese matrimonio”. Y lo que es mejor aún: No tienes que acompañarla a ir de compras.
sábado, 3 de octubre de 2009
Así soy.
Soy Agnostico pero rezo cuando tengo problemas, soy materialista pero no me gusta ir de compras. Tengo amor propio pero soy autodestructivo. Soy autodestructivo pero con espiritu constructivo. Soy narcisista pero con impulsos suicidas. Soy libertino pero ya no me gusta el sexo. Soy libertino pero no se bien que es eso. Creo en la democracia pero no me gusta ir a votar. Creo en el sexo seguro pero soy sexualmente inseguro. Soy impudico pero no me gusta andar desnudo. Me gusta leer pero no leerme. Me gusta escribir pero no que me escriban. Soy provocador pero ya no me provoca serlo. Hablo de mi vida privada pero nunca de mi vida publica. No consumo drogas pero las hecho de menos. Creo en el amor a primera vista pero soy miope. Me gusta ir contra la corriente pero solo si sirve a mi cuenta corriente. Soy un mal escritor pero una buena persona. Soy una buena persona pero no cuando escribo.
jueves, 17 de septiembre de 2009
¿me caso, te rechazo o te embarazo?
Cantaba John Lennon, en “Imagine”: “imaginen a toda la gente viviendo en paz”, “tu podrás decir que es un sueño, pero yo no soy el único que sueña” Ser feliz… para muchos de nosotros no es una utopía… todavía existen los ideales… y ahí están los ejemplos para inspirarnos a nosotros, heridos mortales, necesitados de vidas soñadas de amor. Y en cada corazón de joven y joven, en cada cuento, poesía y novela, en cada sueño, leyenda, telenovela o canción que a todos encanta… en cada niño y niña, padre y madre, abuela y abuelo… siempre nuestros anhelos se despegan de la almohada de la frustración al sol de la danza, cuando contemplamos un ideal de pareja.
… y si existe como una realidad de lágrimas y sonrisas en lo más profundo de nuestro corazón es porque tiene que existir en algún lugar de la realidad: ese ideal de pareja existe y hacia él vamos… con confianza y esperanza.
viernes, 11 de septiembre de 2009
MANUAL PARA COBARDES
Imagina que regresas, apareces en el encuadre y los pillas dialogando.
Imagina que se produce esta escena digna de una película con mal cásting (de esas que el canal 5 pone los domingos por la tarde): el intruso le insiste para bailar y ella se resiste. Entonces él la toma del brazo, apretándoselo, y se oye el siguiente improbable diálogo:
–Vamos, nena, solo una canción
–Suéltame, te he dicho que no
–No seas necia, te va a gustar
De pronto te sientes obligado a intervenir, así que te entrometes con educación y colocas una pacífica mano en el hombro del faltoso
–Disculpa, pero me parece que ella no quiere bailar contigo
–¿Y tú quién eres, retaco?
–Soy su novio. Gracias por tu amabilidad, pero creo que será mejor que te vayas
–¿Ah sí? ¡A ver muéveme tú pues, imbécil!
Imagina que el clima se pone tenso. El cavernícola suelta a tu chica y, desafiante, se pone a escasos centímetros tuyos. Tú te muestras dispuesto a dialogar con él para persuadirlo de lo conveniente que sería para todos que él se retirara; sin embargo, cuando menos te das cuenta, los demás parroquianos ya han formado un círculo humano alrededor de los dos, encerrándolos en un cuadrilátero invisible.
Imagina que la gente empieza a murmurar: “bronca, bronca”. El fulano –sabiéndose con superioridad anatómica– sonríe, se saca conejos de las manos y mueve el grueso cuello de un lado al otro, ejecutando la típica calistenia boxística.
Al oír el crujir de sus huesos, tú –que preferirías resolver el malentendido a la usanza del buen Gandhi– empiezas a buscar con los rabillos de los ojos la puerta de emergencia del establecimiento.
–Chucha, vengan todos, aquí hay mecha, grita un borracho, convocando a otros clientes dispersos.
Más gente se acerca hasta formar un verdadero tumulto. Ahora ya es oficial: no tienes escapatoria.
Imagina que mides como el Chorrillano Palacios; que pesas lo mismo que Brunito Pinasco, y que infundes tanto miedo como, veamos, ahí está, como el Osito Kissifur.
Por eso cuando oyes algunas risas camufladas en el barullo general, no te demoras ni un segundo en captar que las estás provocando tú.
Imagina que, aunque tu novia no te lo pide directamente, ella se muere de ganas de que la defiendas, de que pelees en su nombre, de que te impongas, vengues la ofensa y saques pública cara por la relación. Además, como ella siempre dice, ustedes dos son un equipo, un ‘team’ y este es el mejor momento de probarlo. Cada uno cumplirá su parte: tú saltarás al ring y ella te hará barra.
Ahora imagina que eres, fuiste y serás toda tu vida un blando, un pusilánime, un tetelemeque.
(Imagina que desde niño tu animal predilecto nunca fue el perro o el gato, sino la gallina. Y que en lugar de encariñarte, no sé, con los ratones o los pericos, preferías solazarte con el grácil cacareo de las atolondradas aves de corral)
(Imagina que cada vez que alguien iba a reventar un cohetón en Navidad tú te escondías detrás de un mueble, enterrabas la cabeza entre las rodillas, apretabas las muelas, cerrabas los ojos y te tapabas los oídos como si lo que fuera a explotar fuese la mismísima bomba nuclear).
(E imagina que cuando veías “El Mago de Oz” tu personaje favorito no era el Hombre de Paja ni el Hombre de Lata, sino el León, y no por su forma de rugir precisamente, sino porque, como a ti, a él le faltaba coraje).
Volvemos al bar.
Imagina ahora que, contra tu voluntad escurridiza, la gente te manda al ruedo y te pones al frente de ese sujeto que es dos veces más grande y tres veces más fuerte que tú.
El auditorio farfulla y rumorea. Corren las apuestas entre los espectadores espontáneos. Por unanimidad, todos, incluso algunos conocidos tuyos, le apuestan a él.
Imagina que estás ahí, dando vueltas alrededor de tu rival. Parece que lo estuvieras midiendo y estudiando, pero en realidad estás girando azarosamente, intentando divisar un huequito entre la multitud por donde escapar en su primer descuido.
Imagina que, sin ninguna chance de huir, te resignas, te pones triste y asumes que vas a pelearte. Caballero. Entonces endureces los músculos de la panza, poniendo rígidos los abdominales. Cualquiera diría que lo haces para oponer resistencia ante un sorpresivo gancho a la boca del estómago, pero la verdad es otra: quieres evitar una evacuación-sorpresa que te ensucie los pantalones y delate lo inmensamente nervioso que estás.
Si has podido imaginar todo eso (y te has sentido mínimamente identificado) estás listo para el paso siguiente. Toma nota, chico sin valor. Estos son algunos tips especialmente diseñados para muchachos cobardes como tú.
1) Insulta a tu enemigo. Madrúgalo jugándole a la boquilla, bájale la moral. Procúrale todo tipo de agravios e imprecaciones. Méntale la madre, carajéalo, putéalo. Escúpele tu desprecio. Si no se te viene a la mente ninguna procacidad, simple: recuerda la primera vez que te subiste a una montaña rusa. Recuerda cómo te pusiste a chillar después del primer loop, recuerda toda esa sarta de lisuras por el miedo engendradas y –zas– lánzaselas ahora al desgraciado este que tienes enfrente y que luce muy interesado en partirte el alma.
2) Amenázalo. Como parte de la pirotecnia verbal, háblale a tu adversario. No solo lo insultes: asegúrale que le harás daño físico. Júraselo. Eso hará que lo piense dos veces antes de golpearte. Mientras se miden, en los primeros segundos de la contienda, dile una mentira como esta: “quizá hoy me saques la mierda, hijo de puta, pero te juro que vas a llevarte una marca mía de todas maneras”. Eso lo hará dudar. No es necesario que le precises en ese instante que la marca a la que te estás refiriendo es la que dejarán tus dientes en su antebrazo, tus uñas en su cachete, o tu zapato en su canilla. No sería muy productivo si lo que buscas es, precisamente, bajarle el autoestima.
3) Míralo con desprecio. Y más que con desprecio, con asco. Míralo como si fuera, no un hombre, sino un vómito. Trata de reunir en su cara las muchas caras que has odiado a lo largo de tu vida. Míralo, por ejemplo, como si él fuera el imbécil grandulón de quinto de media que una mañana, cuando tú estabas en primero, te bajó el buzo en medio del patio del colegio, dejándote en calzoncillos frente a todo el alumnado.
O míralo como si fuera ese antipático gordito del club que siempre que te encontraba en la piscina te jalaba de las piernas y te ahogaba, humillándote delante de las chicas, que, al verte morado bajo el agua, en coro abogaban por ti exclamando: “ya déjalo salir, pobrecitoooooo”.
Míralo también como si fuera el maldito (y veloz) piraña que hace años le arranchó la cartera a tu mamá en el mercado y se echó a correr sin que tú –lenteja– pudieras reaccionar. O como si fuera el infeliz de dos metros que le metió la mano a tu hermana mayor en una fiesta, haciéndola llorar, mientras tú, chivazo, simulabas estar comprando una Guaraná en un quiosco.
Míralo, por último, como si fuera el baboso ese que te ridiculizó haciéndote dos huachas seguidas en un partido de fulbito, la misma noche en que llevaste a tu novia para que te vea jugar por primera vez. ("Vas a ver lo bien que juego, mi amor", le anunciaste a tu chica antes de la pichanga. Al final quedaste como un cojudo).
Si lo miras con todas esas miradas juntas, sin duda asustarás a tu oponente. Será como aplicarle un puño letal en la quijada sin haberlo siquiera tocado.
4) Bailotea. Si notas con preocupación que ninguno de los tres tips anteriores surte el efecto esperado, tranquilízate: no todo está perdido. Si el compadrito se muestra inmune a los ataques gestuales que desplegaste gradualmente (los insultos, las miradas), pues bien, ahora toca hacerle creer que sí sabes pelear.
Si no has podido minar su seguridad con palabras, pues tienes que convencerlo con hechos de que eres un peleador callejero nato, y que tienes un récord favorable de puros nocauts a tus espaldas.
No importa que la única riña física que en verdad hayas sostenido a lo largo de toda tu vida haya sido con el payaso porfiado que te regalaron cuando cumpliste doce años. Es más, ni siquiera importa que haya sido el payaso el que ganó en aquella ocasión.
Esta es una situación crítica y debes falsear el talento que no tienes. ¿Cómo? Sencillo: aparenta, gesticula, baila. Lanza puñetes que corten el aire, sopla, haz jueguitos con los pies, sacude los hombros, amaga rectos invisibles, haz la finta de que tienes calles y de que te has mechado con todos los pendejos matones de tu barrio (tu rival no tiene por qué saber que vives en un apacible condominio lleno de ancianos, donde el púgil más activo roza los 75 años).
[Si tu contrincante no acusa recibo de todas las señales que le has mandado, entonces prepárate porque se viene lo bueno. Él, harto de tus requiebres y maromas, avanzará sobre ti dispuesto a masacrarte. Y para ese momento los siguientes tips son de singular importancia]
5) Cánsalo. Maréalo. Completa varias vueltas en círculo para que se agote. Si él da un paso ofensivo hacia adelante, tú da dos estratégicos hacia uno de los lados. Si él intenta el cuerpo a cuerpo y el contacto corto, evítalo como sea (si es estrictamente necesario, escabúllete por debajo de sus piernas, mismo Chapulín Colorado). Cuando menos te des cuenta él estará exhausto y entonces podrás abalanzarte sobre él y rematarlo a piñazos. Eso sí, cuídate de que el cansancio lo tumbe a él antes que a ti. De lo contrario, anda eligiendo mentalmente entre estas opciones: ¿“Jardines de la Paz”? ¡“Campo Fe”? o ¿”El Ángel”?
6) Desenfunda tu arma. Pongámonos en el caso de que el bruto este, no solo no se ha cansado, sino que se muestra cada vez más agresivo, lanzando derechazos que, por milagro, no te han dado todavía en la cara. Si esa es la situación, no te queda más remedio que apelar al recurso de emergencia: echar mano de esa arma que todos cargamos y que pasa desapercibida decorando nuestra cintura: sí, señor, me refiero a la correa. Una correa es un arma muy útil.
[¿Qué? ¿Perdón? ¿Te parece una cabronada defenderte con la correa? Mira, huevón. Para empezar, no estás en posición de opinar ni decidir nada. Están a punto de hacerte papilla delante de tu novia, así que solo sigue las instrucciones]
SácaLe la correa de un tirón (cruza los dedos para que tu pantalón no se venga abajo) y empúñala por el lado de la punta. Eso es: ahora manióbrala y sácale chispas al suelo con la hebilla. Trátala como si fuera un látigo. Compútate Indiana Jones y muéstrate bravucón. Dale en los tobillos, en las piernas, intenta azotarle la cara. Eso te hará ganar minutos para pensar –ahora sí, en serio– por dónde carajo salir corriendo.
7) Méchate a la qué chucha. Si después de unos minutos de mantenerlo a raya, el grandulón consigue arrebatarte la correa, estarás perdido. Él se acercará a ti y comenzará a rellenarte de golpes: uno en la barriga, otro en el bajo vientre, otro en la mandíbula. Si estás en ese trance, pues recurre a la última opción: peléate a la peruana. Ojo que pelearse a la peruana –técnica también denominada “a la ya qué chucha”– requiere de toda una estética que, en el fondo, supone una coreografía del desorden. Para empezar, esconde la cara, protégela pegando el mentón al pecho, así por lo menos disminuyes el riesgo de la desfiguración. El segundo paso incluye una tarea algo más compleja: repartir en el vacío ciegos y múltiples puñetazos, zarandeando los dos brazos continuamente, buscando que alguno le haga daño a tu oponente. No está de más que zapatees un poco, como quien improvisa un huayno, como para darle algo de dinamismo a la postura. Continúa así durante los próximos cinco minutos. Lo más probable es que después de un rato por fin conectes uno de tus puños salvajes en el centro del rostro contrario.
Debes ser precavido y orientar el tronco en el sentido correcto: podrías confundirte de objetivo. Tengo un amigo cobarde que, después de agotar todas las posibilidades, decidió trompearse con un extraño que había insultado a su novia utilizando este método. En esas andaba, cabizbajo, lanzando puñetes al aire, cuando oyó un sombrío “uyyyyyyyy” de parte del auditorio. Él levantó la mirada, satisfecho, creyendo que había tumbado a su obeso adversario. Enorme fue su sorpresa cuando advirtió que acababa de romperle la nariz a su chica.
Ten cuidado con que te ocurra eso. Claro, el penoso accidente te librará de tener que continuar la pelea, porque ni el más fiero de los energúmenos podría dejar de compadecerse ante tan tierna escena: tú en el suelo, llorando, tratando de reanimar a tu enamorada, cuya reciente rinoplastia acabas de malograr con un estupendo gancho (aplicado además con gran técnica).
Al verte, el fulano faltoso detendrá su ataque y se retirará de la escena con la avinagrada sensación de quien gana una pelea, no por K.O., sino por puntos.
Al verlo irse, tú respirarás más tranquilo y hasta sonreirás un poquito, creyendo que te salvaste de la tunda.
Lo que ignoras –como ignoraba mi amigo cobarde– es que una vez que tu novia se reincorpore y vea su nariz ensangrentada (y, por ende, su cirugía estropeada) te agarrará del pescuezo, estrellará tu cabeza contra la barra cuatro veces, te volará tres dientes de un botellazo, y quebrará tres de tus costillas con su rodilla. Y te dejará ahí, hecho una mierda, una porquería, un desarticulado amasijo de carne con hueso. A tu costado, un trapeador tendría mejor aspecto y más dignidad.
A la mañana siguiente, en la clínica, captaras la verdad de todo este asunto y comprenderás la triste moraleja que esconde: un energúmeno fortachón es menos peligroso que una chica recién operada.
lunes, 27 de julio de 2009
¿Mi novia online?
Harían bien las parejas de novios en no estar conectados virtualmente.
Resulta muy saludable para el fortalecimiento de las relaciones que no se inicie vínculo alguno a través del Messenger, el Facebook o esa cosa que no sé cómo diantres funciona y que se llama Twitter.
Como ya he escrito antes en este blog, el Messenger es un medio genial y muy útil para la temporada de seducción. Afanar a través del Messenger –ayudándote con los explícitos emoticones y siendo todo lo atrevido que no eres cara a cara– es tremendamente cómodo.
Sin embargo, por irónico que parezca, una vez que estás con enamorada, esa misma herramienta –antes cómplice– se convierte en vil enemiga.
Por eso, para evitar ese despropósito, esta es mi recomendación: si tu novia figuraba entre tus contactos antes de convertirse en tu novia, sácala lo antes posible y pídele que haga lo mismo contigo. Si, en cambio, ella nunca estuvo en tu red virtual, no la incorpores.
Y es que tener a la novia en el Messenger propicia varios escenarios incómodos. Por ejemplo:
1) Ambos se acostumbran a chatear más que a conversar, y por la noche, cuando se vuelven a ver después de un extenuante día de trabajo, ya no tienen gran cosa que contarse. Todos los temas sustanciosos del día –esos que hubiese valido la pena desmenuzar en vivo y en directo– se agotaron en el Messenger, se perdieron en la velocidad de esas frías chácharas de pantalla.
Como consecuencia, una vez que están solos, frente a frente, los silencios se multiplican entre ustedes de modo vertiginoso. Las capas de hielo se van levantando, una detrás de otra. “De qué le hablo, carajo, de qué le hablo”, te interrogas hacia adentro. Ella te mira, tú la contemplas. Eso es todo. A su costado, una pareja de maniquíes se vería más locuaz y comunicativa.
2) Con tu novia conectada todo el tiempo, el chat puede dejar de ser un placer relajante para convertirse en una adicción enfermiza. Chatean una, dos, tres horas seguidas y el chateo frenético los distrae por completo de sus respectivas labores oficinescas. Sin darse cuenta, de tan enchufados que están a la ventanita del MSM, de tan pendientes que paran de la inmediata respuesta del otro, se transforman en empleados sonámbulos. Rinden menos, producen la tercera parte de lo que producían, flojean y dejan de cultivar la iniciativa profesional que antes los distinguía. O sea, pasan a ser un par de mediocres más del sistema.
3) Si los diálogos virtuales de cada día se hacen muy extensos, corren el riesgo de tornarse desangelados y hasta pueden caer en un pozo funesto. Ahí hay que tener mucho cuidado, ojo, porque el hastío del bla–bla–bla suele dar lugar a patéticos malentendidos. Un chateo ligero e inofensivo puede convertirse, de la nada, en la versión on line de la Guerra de los Roses:
–Y gordo, qué más me cuentas, pues
–Nada, princesa, aquí, sigo chambeando
–Oye…
–Qué…
–¿Te dije que te quiero?
–Sí, gorda, yo también
–¿Pero cuánto?
–Mucho, mucho
–Ah, ya, más te vale, ja, ja
–Ja, ja
–Oye…
–Qué…
–¿Y qué estás haciendo exactamente?
–Nada, pues, trabajando. ¿Y tú?
–Aquí, en la chamba también, hueveando, pero hablando contigo
–Ah…
–¿Ah qué?
–No, nada
–¿Nada?
–Sí, pues, nada
–¿Qué? Ya no tienes nada que decirme
–No sé pues, amor, estamos hablando
–Sí, pero parece que te molestara
–Nada que ver
–¿Estás seguro?
–¿De qué?
–De que no te pasa nada
–(…) Un ratito, amor, tengo reunión
–¿Reunión? Oye, no te vayas dejándome así
–Un segundo y regreso…
–Siempre me haces lo mismo
–Me está llamando mi jefe, amor
–Ya, pero estamos hablando de algo importante
–(…)
–Oye, contéstame…
–(…)
–Pucha, te fregaste conmigo
–(…)
–Nunca me haces caso. Sabes qué: mejor ya no vengas a mi casa después, ya no me provoca
–(…)
–Y tampoco estoy segura de querer ir el sábado a lo de tus amigos
–(…)
–Qué pena que siempre dejes nuestra relación en segundo lugar
–(..)
–¡Ves, a esto me refiero cuando te digo que ya no somos tan compatibles!
–(…) Ya, amor, ya regresé de la reunión
–¡¡Qué amor ni que ocho cuartos!!! Me dejas hablando sola como una cojuda y después actúas como si no pasara nada
–¿De qué hablas?
–De eso, precisamente de eso: nunca sabes de qué hablo
–Amor, qué te pasa
–Nada. Ya no quiero verte hoy
–Pero por qué
–Aj, lo estás haciendo a propósito ¿no?
–¿Estás bien?
–¡¡¡¡¡No!!!!!!!! ¡¡No estoy bien!! ¡¡No estamos bien!! ¿No te das cuenta?
–¿¿¿Pero de qué??
–Qué idiota eres, me haces sentir como si fuera una loca
–Espérate, princesa, mejor te llamo, no entiendo nada
–¡¡No, no me llames!! ¡¡Y tampoco me digas princesa!!!
–Pero por qué
–¡¡Porque te odio!!
[El diálogo concluye así: ella furiosa huyendo del chat (y apretando los botones del mouse con rabia, como si el pobre aparato fuera una de tus extremidades), y tú, desconcertado, preguntándote en qué momento se fue todo al cacho]
4) Ese es otro punto grave: como en el Messenger no hay comunicación gestual, uno interpreta tonos e intenciones que no siempre coinciden con los originales. Allí donde uno soltó un chiste, el otro asumió una burla. Allí donde uno lanzó una propuesta seria, el otro asumió un chiste. Allí donde uno lanzó una burla, el otro asumió una propuesta seria. Las posibilidades de tergiversación son infinitas. Al final, los dos, por viciosos de la tecnología, acaban jugando al teléfono malogrado y dañan lo que pudo ser una conversa bacán, abierta, clara y memorable.
5) A través del Messenger los novios están tan ubicables que dejan de extrañarse. ‘Ver’ a tu novia en el estado de conectada es una manera de certificar que está bien, que está a salvo, lo cual desmantela esa siempre recomendable cuota de incertidumbre que debe existir ente dos chicos que se gustan y se quieren. No saber nada de tu novia a lo largo del día hace que te preocupes por ella, que te inquiete conocer su paradero, que la añores. ‘Verla’ allí, en cambio, convertida en un disponible y regordete peón verde, puede arruinar el encanto de la distancia bien administrada.
Cabe señalar aquí que nunca falta el enamorado celoso y atormentado que desconfía de la autenticidad de los estados virtuales de su pareja. Si ella está en Salí a comer, él piensa que sí, salió a comer, pero con otro. Y si ella está en Ocupado o Ausente, él sospecha todo lo contrario: que está muy libre y muy presente, pero que no quiere hablarle.
6) Si tu novia es muy susceptible, tarde o temprano reclamará aparecer en la foto de tu perfil del Messenger (que, para mi sorpresa, ha terminado teniendo casi tanto valor como la foto de la billetera). Si en vez de poner una imagen de los dos, tienes la frescura de colocar una muy sexy en la que sales solo y sonriendo, ay de ti, tendrás que soportar un cruel interrogatorio.
“¿Y esa fotito?”, “¿Por qué no pones una foto conmigo ah?”, “¿Acaso me niegas?”, “¿O no quieres mostrar que tienes enamorada?”. “Anda, pues, pon la que nos tomamos el otro día , a ver si me quieres”. “Pruébalo”.
Esas son típicas demandas posesivas de las novias que no se quedarán tranquilas hasta lograr su legítimo y algo vanidoso cometido: que te luzcas con ellas en el palacio de la fama de Internet.
7) Con el Facebook la cosa se complica todavía más. Si cometiste el error de inscribir a tu novia como uno de tus contactos, más te vale que especifiques tu estatus sentimental dentro de los datos generales. Recuérdalo, ya no estás soltero: estás en una relación, y es menester que lo proclames y hagas público. Eso sí, recuerda algo: entre hacer ese anuncio y llevar un anillo en el dedo no hay ninguna diferencia.
Lo verdaderamente trágico es que una vez que revelas tu situación afectiva todos tus contactos estarán al tanto del vaivén de tu vida amorosa: de cuándo se inicia y, sobre todo, de cuándo se acaba.
Por ejemplo, la información privada sobre tu rompimiento –que antes era reservada a los pocos amigos de confianza– ahora se prostituye, se divulga, se contrabandea y, al cabo de unas horas, se hace extensiva a cientos de personas que no tienen nada que opinar pero que igual opinan.
Si tu novia rompe contigo, no se come ningún roche virtual, pues ella misma se apurará en variar su estatus: de ‘comprometida’ pasará a ‘soltera’. El único mongo que pagará los platos rotos eres tú, que no solo tienes que tragarte el sapo de la depresión, sino que, encima, tienes que ver cómo se inscribe, contra tu voluntad, en el muro público del Facebook, la frase lapidaria Ya no estás más en una relación. Frase que va debidamente acompañada por la cachosa imagen de un corazón en miniatura fracturado en dos mitades.
Una vez que tu ex novia actualiza unilateralmente el estatus de ambos, no pasan ni dos minutos antes de que algún retrasado mental, jugando a compadecerte, aparece y te pregunta: ¿oe, broder, estás bien?
(…)
Por todo lo expuesto creo que está bien que yo también me mantenga lejos del Messenger y del Facebook de mi chica.
Ingresar a sus redes sociales sería como rebuscar en sus cajones, como mirar las llamadas de su celular, o como revisar su agenda rápidamente mientras ella se levanta para ir al baño.
Además, conozco perfectamente mi naturaleza celotípica y sé que resulta muy sano tomar precavida distancia de todo ese universo de información.
De la misma manera en que el alcohólico en vías de regeneración evita pasar cerca de una licorería por miedo a la recaída, así yo evito pasearme por esas páginas de la Internet por temor de no poder neutralizar las ganas de meter mis narices.
Si un día me asaltan los celos (cruzo los dedos para no ser poseído nuevamente por esa locura), lo primero que haría, lo sé, sería navegar por su Facebook como un chismoso desquiciado, buscando indicios para justificar mi paranoia.
Ya me veo: invirtiendo horas en hacer un barrido digital para averiguarlo todo. A quién le escribió; qué foto comentó; a quién agregó; a qué grupo se unió; fan de quién se hizo; qué álbum creó; que aplicaciones usó; qué test contestó; a qué eventos asistirá; quiénes le han dejado mensaje; qué nuevos contactos tiene. Uf, no, paso. De solo imaginarlo me indigesto. Sería un veloz atajo a la demencia.
Ya una vez, hace años, caí redondito en la tentación del vouyerismo computacional. Hice malabares de hacker y me filtré en el Hotmail de una novia (en realidad, le devolví el gesto, pues ella había hecho lo mismo con mi correo meses atrás).
Fue espantoso. Hallé todo lo que imaginaba que podía hallar. Había mails comprometedores, chateos íntimos, confesiones de las que hubiera preferido no tener idea. (No me hago la víctima: ella podría haber dicho exactamente lo mismo después de sus indagaciones por mi Hotmail).
Salí anímicamente tan desgastado de esa intromisión que me arrepentí por siempre de haberla perpetrado.
Hoy –en contraposición con el celoso infame que fui– he decidido practicar una filosofía más desapegada.
Mi precepto de cabecera es este: “Si quieres que una mujer no te engañe, dale la libertad para que lo haga. El día que le impongas una restricción estarás invitándola a que la viole”.
¿Qué quiere decir eso? Que la libertad nos lleva a moderarnos, sin necesidad de sufrir el yugo de candados exteriores. Por ejemplo, si le adviertes a tu novia “no quiero que hables con tu ex nunca más”, sin querer le estarás sembrando en la cabeza la inquietud por hacerlo. Pero si no le haces ninguna advertencia, quizá ella lo piense dos veces antes de traicionar tu confianza.
Es mejor que ella reprima el deseo de hablar con su ex por las ganas de respetarte antes que porque tú la obligaste a que te respete. (Aunque ahora que lo pienso mejor, lo ideal sería que ese deseo ni siquiera exista, pero, claro, ya se sabe que no hay control que valga en el rugoso ámbito de los deseos).
(…)
Estar expectorado de las redes sociales de mi novia no me preoucupa.
Su realidad virtual es parte de su espacio. Lo que allí ocurra no es de mi incumbencia, a no ser que ella quiera compartirlo conmigo deliberadamente.
Si de usar tecnologías se trata, lo único a lo que nos animamos es a intercambiar bonitos mails y a llamarnos por celular. No nos mensajeamos por el móvil, ni nos buscamos en el Twitter, ni nos saludamos en el Skype, ni nos colgamos del Flickr, ni nada.
Solo somos un par de chicos un poco abrumados por las novedades de la modernidad, que prefieren disfrutar de una conversa a la antigua, sin cables ni intermediarios.
(…)
Dentro de pocos años, cuando estemos atrofiados de tanto vínculo impersonal y distante, quizá se ponga de moda estar mudo en presencia de la novia.
Las parejas saldrán a la calle sin dirigirse la palabra. Pasearán en disciplinado silencio y al volver a sus casas correrán a sentarse cada uno delante de su laptop para, por fin, decirse lo que sienten.
Mientras menos hables en persona más encantador serás.
Algo me dice que a los novios del futuro (como a muchos lectores del presente) mis teorías
les importarán un cuerno.
martes, 26 de mayo de 2009
Pensando en cultura.
Si Marco Aurelio D. hubiese estado el día de hoy invitado a mi casa superior de estudios, específicamente a mi salón , hubiese salido horrorizado, convulsionando, al borde de la locura total al ver a alumnos de CUARTO año de SOCIOLOGIA que “supuestamente” deberíamos dominar como el padre nuestro sociológico los conceptos de: Cultura, multiculturalidad, pluriculturalidad, transculturalidad, identidad, multiculturalismo, interculturalidad como mínimo, estar como diria mi madre, “en la sopena de la ignorancia”. Tomo como referencia a Marco Aurelio D. por que en mi humilde opinión,es a quien mejor he escuchado tratar sobre el tema;o por lo menos es al que he sabido comprender mejor, claro que para comprenderlo hay que leer un “poquito” mas de lo acostumbrado.
Tratando de aclarar algunos conceptos de mis compañeros es que vierto en clase el siguiente juicio:
“Hablar de multiculturalidad, es solo hablar de la coexistencia de diferentes culturas en un determinado espacio geográfico. Sin que esta coexistencia de culturas influya de sobre manera una sobre la otra, es decir se mantienen en guetos. Solo cuando una de ellas, que normalmente es la hegemónica, decide ser la cultura de acogida se establecen jerarquías sociales y legales lo que lleva al conflicto y no ayuda como es de suponer a la convivencia social. Existen casos, como por ejemplo el de los Indios Mapuches en Chile donde existe respeto y equidad a su cultura; es en este caso donde ya no seria valido hablar de multiculturalidad, sino mas bien de multiculturalismo, entendido este ultimo en la acepción de la doctrina americana; que justamente nace cuando se pone en duda la hegemonía cultural de las grupos blancos dirigentes respecto de las minorías abogando así a un pleno reconocimiento de estas últimas.”
Es bajo esta premisa teórica (incompleta quizás) que hipotetizo lo siguiente: “Si la cultura es toda aquella creación humana, es la base y el fundamento de lo que somos, esta existe entre nosotros desde el momento en que nacemos y que encima es el aporte moral e intelectual de nuestros padres en un inicio y de nuestro entorno posteriormente, lo que hace toda esta ola de la teoría del genero basada en el feminismo, es simplemente trastocar mi cultura, cultura a la que pertenezco y de la cual herede el conocimiento empírico social y que encima es aceptado por la gran mayoría. Me refiero a que el varón es el macho proveedor y la mujer es la hembra reproductora o si se quiere la cultura del patriarcado. ¿Lo que estaría haciendo la teoría de género basada en el feminismo entonces es un proceso de transculturación(*)? . En esta hipótesis considero unilateralmente que que es valido hablar de la cultura del patriarcado.
La pregunta la dejo suelta para quién considere responderla.
Para terminar; no se sientan mal compañeros si es que estando en cuarto año no tenemos claros algunos conceptos yo también aunque no lo parezca aun no los tengo claros, y para demostrarlo les dejo un trabajito que realice en primer año: aqui
(*)Transculturalidad: Conjunto de fenómenos que resultan cuando los grupos de individuos, que tienen culturas diferentes, toman contacto continuo de primera mano, con los consiguientes cambios en los patrones de la cultura original de uno de los grupos o de ambos.
domingo, 17 de mayo de 2009
Tu felicidad es envidiable
Me encuentro con un viejo amigo en un bar. Está sentado en una mesa, rodeado de cuatro tipos que no conozco, y desde ahí me pasa la voz. Nos saludamos efusivamente y me invita a sentarme. Tras dudarlo un poco, acepto. No lo veo hace años y me apetece conversar con él, así que me agencio una silla y me hago un lugar entre los contertulios.
Uno de ellos me sirve de inmediato una cerveza y yo interpreto ese gesto como una muestra de cordial bienvenida. Mientras chocamos nuestros vasos, siento que esos sujetos extraños me caen bien, porque me han recibido con buena onda. Quizá hasta haga buenas migas con algunos de ellos, pienso durante el largo sorbo inicial.
La mesa está atestada de vasos, ceniceros colmados de colillas, dos jarras de cerveza y un pote de cancha salada. Son más de la una de la mañana.
Luego de actualizar nuestras vidas, mi amigo y yo nos sumamos a la conversación grupal. Capto que están hablando de mujeres: sus esposas, sus novias actuales, sus ex enamoradas, las viejas conocidas, las nuevas anónimas, las meseras que atienden en el local, las chicas que van y vienen a nuestro costado.
Aunque es una conversación llena de naderías machistas, me divierte. Es una noche de hombres, finalmente, y cuando los hombres se juntan se dedican buena parte del tiempo a hablar de mujeres.
De repente, ingresa al bar una chica que impacta a todos. Parece salida de un póster, de un comercial de lencería, de un desfile de verano. Pelo suelto alaciado, blusa de verano, minifalda, tacos. Está muy guapa y avanza erguida; erguida y lenta como un ciervo desconfiado que sabe que acaba de pisar un territorio de bestias muertas de hambre.
–Miren esa flaca, qué rica, anuncia uno de los chicos de la mesa, mientras engulle, con modales desprovistos de toda urbanidad, un puñado de cancha.
Todos volteamos a mirar a la advenediza, que como una Diosa egregia camina entre las mesas, buscando un lugar donde situarse.
Ahí está ella: flotando sobre la laja de este lugar mugriento, levitando en medio de los parroquianos, que la contemplamos boquiabiertos como si fuera la mismísima Virgen de la Anunciación (o como si fuera Tilsa Lozano en hilo dental, para hacer una analogía menos beata).
Y aquí estamos nosotros: siguiéndola desde nuestras sillas, como esperando que algo de ella (un pelo, una uña, siquiera una callosidad) nos roce la piel; aguardando que su mano nos toque la cabeza y nos salve así de la mediocridad de ser unos ordinarios mortales.
De pronto, la voz de uno de mis nuevos compañeros quiebra el precipitado silencio en que estábamos envueltos:
–Sí, está bien rica, pero si vieran a su novio: es un imbécil
–¿Ah, sí? No jodas, replica otro, como pidiendo más detalles
–Sí, lo conozco del club. Es un huevonazo medio fumón que se computa la cagada porque tiene billete y maneja una cañaza. Dicen que le saca la vuelta cada vez que quiere, agrega presuroso el informante.
–Puta, qué tal injusticia: esa mamita tan linda con un atorrante. Fijo que se la debe clavar bien, especula un tercero.
–Bueno, pero si le gustan ese tipo de huevones debe ser una corcha, concluye mi amigo, que con esa acotación delata unos prejuicios retrasados que no le recordaba.
–De hecho que es una corcha. Además, fíjense, no mira a nadie la pendeja. Se jura lo máximo. Seguro que para con puro mongo, observa, molesto, otro de los integrantes de este curioso clan.
–Salud, propongo yo, como para devolver el gesto con el que me recibieron, pero sobre todo para cambiar de tema y dar por concluida tan sofocante e indiscriminada sesión de comentarios rastreros.
Horas más tarde, de regreso a mi casa, en el asiento trasero de un taxi, recuerdo ese pasaje de la charla con mi amigo y esos cuatro fulanos y caigo en la cuenta de lo patético del cuadro visto desde fuera: cinco hombres especulando sobre la vida ajena, chismeando como urracas viciosillas, basándose en trascendidos, llegando a conclusiones que quizá nada tengan que ver con la realidad.
Según la gente de la mesa, la chica guapa del bar tenía un enamorado muy imbécil.
Qué novedad. En esta ciudad –acaso en todas las ciudades del segundo y tercer mundo– todas las chicas guapas, vistas a través de los ojos sulfurosos de un puñado de mamarrachos infelices, siempre tendrán a un imbécil por novio.
Y esta noche, qué duda cabe, estos tipos, que al inicio me simpatizaron tanto, acabaron actuando como unos infelices en pleno ataque de envidia.
Lo que quiero decir es que cualquiera quisiera ser novio de una chica guapa y segura como la del bar, pero ante la imposibilidad de serlo, ante la amarga certeza de que ella no está disponible, y que hay alguien con quien le gusta caminar, bailar y fornicar; ante ese crudo escenario, el único consuelo que queda es el insulto gratuito, el rencoroso vilipendio extendido contra el sujeto afortunado que se la lleva todas las noches a la cama.
Fomentar la idea de que ese chico equis es un imbécil (muy al margen de que lo sea o no) es una manera algo esquizofrénica de tranquilizarnos, de anestesiar el ego herido, de calmar el hígado revuelto.
(…)
Muchas veces –casi siempre diría yo– los comentarios que hacemos respecto de terceras personas, en lo que al ámbito sentimental se refiere, nacen de un resentimiento alojado en la zona más negra de nosotros mismos.
Es una situación triste y mediocre que se hace graciosa de puro repetitiva y cotidiana.
Por eso, cuando pasa frente a ti una chica deslumbrante, nunca faltará el envidioso que suelte al aire la misma objeción cargada de mala onda: “pero si su enamorado es un cojudo”. El protestante con seguridad no conoce al enamorado de tan simpática criatura, pero para acarrear su frustración se siente éticamente obligado a disparar esa cobarde afirmación.
Similar envidia se manifiesta en diversas circunstancias, buscando generar el descrédito de un tercero que, por ausente, termina pagando los platos rotos.
Por ejemplo: si la chica que te gusta (y que no te corresponde) está ligando con un hombre mayor, cada vez que alguien te pregunte por ella dirás indefectiblemente: “está con un viejo de mierda, un cochambroso al que ya ni se le para”.
Es probable que aquel hombre mayor sea en realidad una persona noble, esforzada y talentosa; es probable que le brinde a la chica toda la seguridad que a ti te falta; y es probable incluso que él goce de más erecciones diarias que tú. Sin embargo, todos esos detalles palidecen al lado de tus oscuras intenciones. Como él está en el lugar en el que a ti te gustaría estar, entonces le escupes, lo difamas, lo desprestigias.
La misma clase de envidia primitiva sale a relucir cuando tu ex novia —la que te abandonó, que es preciosa y mucho menor que tú— se engancha con un muchacho de su edad, un chiquillo del Instituto o la universidad.
Si ese es el caso, cada vez que tus amigos te pregunten por ella, tú les dirás muy resuelto y ganador: “he oído que se ha encaprichado con un chibolo inmaduro que corre tabla, uno de esos huevonazos sin futuro”.
La artera piconería que te corroe no te dejará aceptar que quizá tu ex novia es feliz con ese joven vigoroso (más feliz de lo que era contigo), y que tal vez el huevonazo que no tiene ni puta idea de su futuro no sea él, sino tú. Como es lógico, tampoco aceptarás lo mucho que en el fondo te gustaría saber correr tabla.
(…)
Por supuesto que esta envidia nos toma por víctimas a todos, hombres y mujeres. Y en ese trance las mujeres suelen ser más cínicas e implacables.
He visto a más de una saludar con desbordante cariño a una supuesta amiga encontrada en la calle y luego –cuando la ‘amiga’ ya está lo suficientemente lejos como para no escucharla– lanzar contra ella las maldiciones más indecibles.
Imagina esto: estás en la playa con un grupo mixto de amigos conversando sobre cualquier cosa. De repente, cerca de ustedes cruza una mujer escultural en bikini que se roba las miradas lascivas de los chicos y deja en incómoda posición a las chicas, muchas de ellas mantecosas, brazudas y llenas de estrías.
Si eso ocurre, ten por seguro que cuando la mujer del bikini se haya alejado unos metros, alguna de las chicas del grupo murmurará: “qué bestia, qué operada está esa tía. ¿Le vieron las tetas? Pura silicona”.
Ahí nomás, otra envidiosa reforzará el ataque unilateral diciendo: “así cualquiera se ve regia, pues, qué fácil”. A lo que una última rolliza apuntalará: “una que se mata en el gimnasio, mientras otras van y se meten aceite de avión en el poto; qué tal concha carajo”.
Lo que me da risa de las mujeres (ok, de algunas mujeres) es cuando se esconden en parejas para despedazar a otras féminas. Eso es clásico, por ejemplo, en una reunión. De tanto en tanto ves parejas de chicas retirarse discretamente de la sala rumbo al baño y la cocina. Si las sigues y pegas el oído a la puerta (y acepto sin orgullo que lo he hecho), oirás cómo dinamitan las famas ajenas de una manera escalofriante.
No solo critican vestidos, apariencias y looks, sino que además canjean información selecta sobre el pasado y la biografía de la muchacha a la que están destruyendo, y a la cual –desde luego– le pasarán franela un ratito más tarde.
Alguien me dijo una vez –y vaya que tiene razón– que una casa es como un teatro, en donde la sala equivale al escenario y la cocina y el baño equivalen al backstage. Es decir, en la sala, sobre la alfombra y los sofás, la gente monta una actuación, mientras que los otros ambientes la gente se calatea y habla con franqueza.
Pero la envidia no solo se activa ante la belleza que nos falta, sino básicamente ante la felicidad que no tenemos. Por ejemplo, esto también es típico: ves a una pareja de enamorados de lo más acaramelados en la vía pública y comentas la escena con absoluto resquemor: “mira ese par de tarados, qué huachafos, dándose besitos en una banca”.
Lo que no dices es cuánto te gustaría estar allí, recibiendo esos mimos, sintiéndote importante y necesario para otra persona, dejando de ser, siquiera por un minuto, ese hombre tenso, angustiado e incapaz de emocionar que en el fondo eres.
Algo raro hay en nuestra naturaleza que nos lleva a criticar al que la está pasando bien; a zancadillear al que ha logrado el equilibrio; a empujar al que, desafiante, se ha asomado al precipicio.
Si vemos a un fortachón de la mano de una chica bonita e inteligente, decimos por lo bajo, entre dientes, que él seguramente se infla los músculos inyectándose esteroides todas las noches. Y si el fortachón usa camisetas apretadas, no perdemos la oportunidad de sugerir que alguna tendencia homosexual debe tener. “Así son, pues, debajo de todos esos bíceps y pectorales siempre hay una marica profunda”, sentenciaremos, celosos.
Y si, por el contrario, vemos a esa misma chica caminando de la mano con un sujeto de aspecto sucio, o de rasgos cetrinos, de inmediato soltamos la teoría de que se trata de un pariente. “Ese feo debe ser su primo, ni cagando es su macho”, dirá más de uno, carcomido por el ardor del que no puede estar ahí.
(…)
Recuerdo una escena de hace años, al lado de Tangamandapia (para no despertar celos tontos) , mi primera enamorada en serio.
Ella era muy atractiva y desde el inicio de nuestra relación yo debí acostumbrarme a que la piropearan y silbaran en la calle. Aprendí a convivir con eso, porque si me hubiese puesto a pedirle cuentas a cada uno de los admiradores espontáneos que salían a su paso (desde albañiles hasta surferitos) habría protagonizado más de una escaramuza semanal.
Yo jamás reaccionaba, porque Tangamandapia odiaba a los tipos violentos. (Aunque la verdad –aquí, entre nos– era que tenía tan poca habilidad para el pugilato que prefería llevar la fiesta en paz y evitar salir abollado, con un pómulo partido o un diente roto).
Una tarde, mientras caminábamos por la calle, vi un auto rojo lleno de chicos acercarse a nosotros raudamente. Yo tomé a Viviana de la mano con fuerza, como marcando terreno. Al pasar a nuestro costado el conductor del auto bajó la velocidad y uno de los tripulantes sacó la cabeza por la ventana y escupió una frase que nunca olvidaré:
“Déjala ir, cachudo”
Si digo que me quedé frío, miento. Me quedé congelado
Lo peor fue que el grito inesperado dio pie a un inmediato concierto de carcajadas: me refiero a las carcajadas del resto de idiotas que iba en el auto aplaudiendo la gracia, pero también a las carcajadas de Tangamandapia, que celebró –para mi gusto con preocupante animosidad– la broma de mal gusto de la que yo acababa de ser objeto.
En cuestión de segundos me puse rojo de la ira y me enfurecí, mientras el auto desaparecía en una esquina.
La inseguridad de esos años me hacía pensar que lo que esos chiquillos miserables querían decir era que yo no merecía estar con la bonita Tangamandapia, porque ella era mucho lote para mí, o como suele decirse, mucha lata para tan poco atún, mucho mueble para mi sala, mucha arena para mi volquete, mucha tumba para mi muerto.
Ergo, si yo no estaba a su altura, si yo no la merecía, tarde o temprano ella me engañaría con otro.
Fue ese razonamiento idiota lo que me paralizó.
Yo debí reaccionar con velocidad y aplomo, pero no pude. Al final, molestarme con Tangamandapia fue una manera indirecta de darles la razón a esos cabrones, de permitir que se salieran con la suya.
A la gente le encanta hablar del resto. Como se aburren muy rápido de ellos mismos, prefieren invertir el tiempo de conversación pontificando y exagerando la existencia de los demás, dando vida a un retorcido teléfono malogrado que solo produce malos entendidos.
Por ejemplo, imagina que una noche oyes por fuentes de segunda mano que Bruno, un conocido tuyo, anda en crisis con su novia, porque, al parecer, él estuvo tomando clandestinamente unas pastillas antidepresivas que afectaron brevemente su rendimiento sexual.
Escuchas esa información incompleta, te fías de ella inescrupulosamente y estableces arbitrarias e injustas conjeturas.
La siguiente vez que alguien, en otro círculo social, te pregunte qué es de la vida de Bruno, tú –manipulando groseramente los pocos datos a los que tuviste acceso– te despacharás sin misericordia. Pondrás cara mortificada y dirás que Bruno sufre de impotencia crónica, que su próstata presenta trastornos que le impiden completar una erección, y que eso ha obligado a su novia a abandonarlo para siempre.
Lo más probable es que en ese mismo instante, mientras tú lo haces puré, Bruno ya haya normalizado la relación con su enamorada y esté en plena faena amatoria. Pero, claro, esas contingencias pasan a segundo plano: lo que importa es que tú seas el centro de la atracción, el ‘showman’ que se llena la boca con los chismes más calentitos.
(…)
La envidia de la gente nunca debería disuadirnos de buscar la felicidad tal cual la imaginamos.
Siempre habrá algún medroso dispuesto a tumbarte, a pasar por encima de ti, a lanzar cuchillos a tus espaldas y a sembrar minas antipersonales en el camino por el que avanzas.
Siempre habrá algún cabrón que, incómodo con tu momento de felicidad, intentará borronearlo. Pero que no te dé pánico: que te dé risa.
Porque tu sonrisa más auténtica lo liquidará inapelablemente.
miércoles, 6 de mayo de 2009
A propósito de feminismos
FEMINISMO Y ANARQUISMO.
Charla dada por Kathleen O'Kelly (de Irlanda) a la WSM (Workers Solidarity Movement)
"La postura conservadora sobre la mujer pretende que la división sexual del trabajo es "natural" y que el rol que asume la mujer como esposa, madre y ama de casa es algo biológicamente dado. Ellos creen, siguiendo a Freud, que la "Anatomía es el destino".
Yo voy a revisar el pensamiento que han desarrollado las diferentes tradiciones políticas para criticar esta visión del rol de la mujer en la sociedad. En sentido amplio hay cuatro teorías: El Feminismo Liberal, el Marxismo Tradicional, el Feminismo Radical y el Feminismo Socialista. Los voy a presentar en el orden histórico en que aparecieron, aunque estén aún presentes en la política de hoy en día.
EL FEMINISMO LIBERAL
Esta tradición proviene de la filosofía liberal para la cual todos deberíamos tener iguales oportunidades.
Las feministas liberales argumentan que es necesario cambiar las leyes que impiden a las mujeres el acceso igualitario a la educación, al trabajo y el parlamento. Pero esto es en vistas a la competencia al interior del sistema; con la creencia que si se derogan estas leyes anticuadas, las mujeres llegaran a ser iguales a los hombres.
Las campañas sufragistas por el voto son un ejemplo del feminismo liberal en acción. Las campañas a favor de la mayor participación de las mujeres en el parlamento, más mujeres jueces y más mujeres jefas, se inscriben en esta tradición.
EL MARXISMO TRADICIONAL
La siguiente teoría que criticó la posición de la mujer en la sociedad fue el Marxismo; critica a los liberales por no reconocer la opresión económica de la mujer.
Argumenta que intentar la igualdad en un sistema de clases es imposible; para ellos la opresión de las mujeres es un síntoma de una forma de opresión mucho más básica: el sistema capitalista de organización social.
A partir de allí, la liberación de la mujer sólo podría ser alcanzada en una sociedad sin clases ya que en una economía capitalista la discriminación no puede ser absolutamente eliminada; tanto el contingente de potenciales trabajadores desempleados como los bajos salarios son necesarios para las grandes ganancias del capitalista.
Argumentan que las mujeres deben formar parte de la clase trabajadora para, en conjunto con los hombres, derribar la dominación de clases.
El problema con el Marxismo tradicional fue que no se refirió a la opresión de la mujer en la vida privada, por ejemplo el trabajo doméstico, la crianza de los hijos y la violencia doméstica.
En los países en los que la política Marxista se puso en práctica, como Rusia y Cuba, el rol de las mujeres en el campo laboral cambió pero no lo hizo el rol dentro del hogar. Esto significó para la mayoría de las mujeres el tener una doble carga: una en el trabajo y la otra en el hogar.
FEMINISMO RADICAL
El feminismo radical se desarrollo a finales de los 60 y principios de los 70 como una reacción a la falta de análisis de género dentro de la tradición Marxista. Aunque también se desarrollo a partir de que los logros de las feministas liberales en las áreas de las leyes, el voto y el empleo, no significaban un cambio en la opresión de las mujeres.
Las feministas radicales argumentan que es la institución social del género, y no el sistema económico, el origen de la opresión de las mujeres. En otras palabras la causa es el patriarcado, no el capitalismo.
Plantean que hay que mirar todas las relaciones que determinan la subordinación de las mujeres, antes que centrarnos en el aspecto de las mujeres como trabajadoras. Las feministas radicales fueron las que inventaron la frase: "lo personal es política", y fueron las primeras en centrar la atención en la opresión al interior del hogar.
Ellas creen que todos los hombres se benefician con la opresión de las mujeres y no creen que pueda ser abolida en una sociedad de clases.
La heterosexualidad es vista como una construcción sexual y una forma de dominación necesaria para mantener el patriarcado.
Defienden el lesbianismo como el único camino para desarrollar plenamente la sexualidad femenina sin que medien relaciones de poder.
Políticamente esto conduce a una posición separatista, que se traduce en que las mujeres deben luchar juntas y separadas de los hombres, en contra del los hombres para terminar con la opresión. Esta filosofía es representada por escritoras como Andrea Dworkin y Catherine McKinnon y en campañas como las de la Comunidad de Greenham.
Como podrán imaginar esta filosofía ha provocado fuertes reacciones de distintos sectores pero yo quisiera enfocarme en el problema que esta teoría tiene para los Anarquistas.
En primer lugar, no hay análisis de clase; frente a lo cual las feministas radicales argumentan que todas las mujeres comparten la misma opresión. Aunque las leyes de mujeres como Margaret Thatcher o Benazit Bhutto opriman a las mujeres, las feministas radicales platean que es porque ellas han entrado en el "sistema de valores masculinos" y han olvidado a sus hermana. Agregarían que Margaret Thatcher tiene mas en común con las mujeres oprimidas que con la clase dominante masculina, ¡lo único, es que no se ha dado cuenta!
En segundo lugar, su teoría no contempla la movilidad que permita explicar el cambio social. Mientras el materialismo histórico de las socialistas explica el cambio social, las feministas no tiene una teoría correspondiente.
En tercer y último término esta teoría nos remite a una visión conservadora con la noción de determinismo biológico, ellas plantean que hay diferencias esenciales entre los sexos. Los hombres son vistos como "naturalmente" opresivos y las mujeres son vistas como "naturalmente" mejores que los hombres. Esto no es muy alentador para el desarrollo humano en general.
EL FEMINISMO SOCIALISTA
El feminismo socialista ha intentado mediar con estos problemas uniendo las mejores partes del feminismo radical con un análisis de clase sobre la opresión de las mujeres.
Esta teoría plantea que tanto las sociedad de clases como la institución del género deben ser eliminadas para que las mujeres determinen libremente las condiciones de sus propias vidas.
La opresión es el resultado de la interacción entre el patriarcado y el capitalismo.
Rechazan la dicotomía entre el hogar y el trabajo y enfatizan el papel que juegan las labores domésticas en el mantenimiento de la explotación de una sociedad de clases.
Las feministas socialistas trabajan en sindicatos o en partidos de izquierda.
¿Funciona esta unión entre el Marxismo y el feminismo?
El problema es que el capitalismo nos remite a un sistema económico y el patriarcado nos remite a un sistema cultural. Las socialistas creen que el sistema cultural y sus manifestaciones como el sexismo y el racismo son producto del sistema económico capitalista. Yo pienso que es difícil argumentar que el capitalismo y el patriarcado funcionan en un mismo nivel.
Conclusión
Es importante entender estas teorías feministas por numerosas razones.
En primer lugar nos ayudan a entender las tácticas adoptadas por distintos grupos en torno a los temas de la mujer; por ejemplo, durante el Plebiscito sobre el Aborto, había grupos con distintas posiciones.
La campaña de anulación de la octava enmienda, enfatizada por los medios de comunicación y el lobby político, procedía de una perspectiva liberal. Aquellas que pretendían modificaciones en el tratado eran de tendencia Marxista, tradicional. La Coalición de las Mujeres, como organización aparte de los hombres, tenía una perspectiva radical. La DAIC era la que estaba más cerca de una posición Feminista- socialista.
En segundo lugar, el entender estar teorías nos ayuda a reconocer los distintos argumentos que esgrimen las feministas; del mismo modo que es necesario entender el concepto de socialismo cuando se debate con otros socialistas, el entender las diferencias dentro del feminismo nos ayuda a plantear un debate adecuado y determinar las verdaderas diferencias en nuestros planteamientos políticos.
En tercer lugar, el entender las teorías feministas nos ayuda en la creación de nuestra propia política en el área de la opresión de la mujer. El análisis de las feministas radicales sobre el trabajo domestico de la mujer ha sido una contribución importante a todo el debate sobre la igualdad entre los sexos. El postulado anarquista sobre la libertad personal nos ayuda a incorporar este tema, muchas veces descuidado, en nuestros planteamientos políticos. Como anarquistas estamos en contra de la opresión sobre la mujer en el hogar, en el trabajo y en el Estado.