Es un espacio para la discusion y publicacion de juicios plurales y hasta divergentes con el autor que esta orientado al enriquecimiento de nuestro quehacer academico. kike silva
viernes, 11 de septiembre de 2009
MANUAL PARA COBARDES
Imagina que regresas, apareces en el encuadre y los pillas dialogando.
Imagina que se produce esta escena digna de una película con mal cásting (de esas que el canal 5 pone los domingos por la tarde): el intruso le insiste para bailar y ella se resiste. Entonces él la toma del brazo, apretándoselo, y se oye el siguiente improbable diálogo:
–Vamos, nena, solo una canción
–Suéltame, te he dicho que no
–No seas necia, te va a gustar
De pronto te sientes obligado a intervenir, así que te entrometes con educación y colocas una pacífica mano en el hombro del faltoso
–Disculpa, pero me parece que ella no quiere bailar contigo
–¿Y tú quién eres, retaco?
–Soy su novio. Gracias por tu amabilidad, pero creo que será mejor que te vayas
–¿Ah sí? ¡A ver muéveme tú pues, imbécil!
Imagina que el clima se pone tenso. El cavernícola suelta a tu chica y, desafiante, se pone a escasos centímetros tuyos. Tú te muestras dispuesto a dialogar con él para persuadirlo de lo conveniente que sería para todos que él se retirara; sin embargo, cuando menos te das cuenta, los demás parroquianos ya han formado un círculo humano alrededor de los dos, encerrándolos en un cuadrilátero invisible.
Imagina que la gente empieza a murmurar: “bronca, bronca”. El fulano –sabiéndose con superioridad anatómica– sonríe, se saca conejos de las manos y mueve el grueso cuello de un lado al otro, ejecutando la típica calistenia boxística.
Al oír el crujir de sus huesos, tú –que preferirías resolver el malentendido a la usanza del buen Gandhi– empiezas a buscar con los rabillos de los ojos la puerta de emergencia del establecimiento.
–Chucha, vengan todos, aquí hay mecha, grita un borracho, convocando a otros clientes dispersos.
Más gente se acerca hasta formar un verdadero tumulto. Ahora ya es oficial: no tienes escapatoria.
Imagina que mides como el Chorrillano Palacios; que pesas lo mismo que Brunito Pinasco, y que infundes tanto miedo como, veamos, ahí está, como el Osito Kissifur.
Por eso cuando oyes algunas risas camufladas en el barullo general, no te demoras ni un segundo en captar que las estás provocando tú.
Imagina que, aunque tu novia no te lo pide directamente, ella se muere de ganas de que la defiendas, de que pelees en su nombre, de que te impongas, vengues la ofensa y saques pública cara por la relación. Además, como ella siempre dice, ustedes dos son un equipo, un ‘team’ y este es el mejor momento de probarlo. Cada uno cumplirá su parte: tú saltarás al ring y ella te hará barra.
Ahora imagina que eres, fuiste y serás toda tu vida un blando, un pusilánime, un tetelemeque.
(Imagina que desde niño tu animal predilecto nunca fue el perro o el gato, sino la gallina. Y que en lugar de encariñarte, no sé, con los ratones o los pericos, preferías solazarte con el grácil cacareo de las atolondradas aves de corral)
(Imagina que cada vez que alguien iba a reventar un cohetón en Navidad tú te escondías detrás de un mueble, enterrabas la cabeza entre las rodillas, apretabas las muelas, cerrabas los ojos y te tapabas los oídos como si lo que fuera a explotar fuese la mismísima bomba nuclear).
(E imagina que cuando veías “El Mago de Oz” tu personaje favorito no era el Hombre de Paja ni el Hombre de Lata, sino el León, y no por su forma de rugir precisamente, sino porque, como a ti, a él le faltaba coraje).
Volvemos al bar.
Imagina ahora que, contra tu voluntad escurridiza, la gente te manda al ruedo y te pones al frente de ese sujeto que es dos veces más grande y tres veces más fuerte que tú.
El auditorio farfulla y rumorea. Corren las apuestas entre los espectadores espontáneos. Por unanimidad, todos, incluso algunos conocidos tuyos, le apuestan a él.
Imagina que estás ahí, dando vueltas alrededor de tu rival. Parece que lo estuvieras midiendo y estudiando, pero en realidad estás girando azarosamente, intentando divisar un huequito entre la multitud por donde escapar en su primer descuido.
Imagina que, sin ninguna chance de huir, te resignas, te pones triste y asumes que vas a pelearte. Caballero. Entonces endureces los músculos de la panza, poniendo rígidos los abdominales. Cualquiera diría que lo haces para oponer resistencia ante un sorpresivo gancho a la boca del estómago, pero la verdad es otra: quieres evitar una evacuación-sorpresa que te ensucie los pantalones y delate lo inmensamente nervioso que estás.
Si has podido imaginar todo eso (y te has sentido mínimamente identificado) estás listo para el paso siguiente. Toma nota, chico sin valor. Estos son algunos tips especialmente diseñados para muchachos cobardes como tú.
1) Insulta a tu enemigo. Madrúgalo jugándole a la boquilla, bájale la moral. Procúrale todo tipo de agravios e imprecaciones. Méntale la madre, carajéalo, putéalo. Escúpele tu desprecio. Si no se te viene a la mente ninguna procacidad, simple: recuerda la primera vez que te subiste a una montaña rusa. Recuerda cómo te pusiste a chillar después del primer loop, recuerda toda esa sarta de lisuras por el miedo engendradas y –zas– lánzaselas ahora al desgraciado este que tienes enfrente y que luce muy interesado en partirte el alma.
2) Amenázalo. Como parte de la pirotecnia verbal, háblale a tu adversario. No solo lo insultes: asegúrale que le harás daño físico. Júraselo. Eso hará que lo piense dos veces antes de golpearte. Mientras se miden, en los primeros segundos de la contienda, dile una mentira como esta: “quizá hoy me saques la mierda, hijo de puta, pero te juro que vas a llevarte una marca mía de todas maneras”. Eso lo hará dudar. No es necesario que le precises en ese instante que la marca a la que te estás refiriendo es la que dejarán tus dientes en su antebrazo, tus uñas en su cachete, o tu zapato en su canilla. No sería muy productivo si lo que buscas es, precisamente, bajarle el autoestima.
3) Míralo con desprecio. Y más que con desprecio, con asco. Míralo como si fuera, no un hombre, sino un vómito. Trata de reunir en su cara las muchas caras que has odiado a lo largo de tu vida. Míralo, por ejemplo, como si él fuera el imbécil grandulón de quinto de media que una mañana, cuando tú estabas en primero, te bajó el buzo en medio del patio del colegio, dejándote en calzoncillos frente a todo el alumnado.
O míralo como si fuera ese antipático gordito del club que siempre que te encontraba en la piscina te jalaba de las piernas y te ahogaba, humillándote delante de las chicas, que, al verte morado bajo el agua, en coro abogaban por ti exclamando: “ya déjalo salir, pobrecitoooooo”.
Míralo también como si fuera el maldito (y veloz) piraña que hace años le arranchó la cartera a tu mamá en el mercado y se echó a correr sin que tú –lenteja– pudieras reaccionar. O como si fuera el infeliz de dos metros que le metió la mano a tu hermana mayor en una fiesta, haciéndola llorar, mientras tú, chivazo, simulabas estar comprando una Guaraná en un quiosco.
Míralo, por último, como si fuera el baboso ese que te ridiculizó haciéndote dos huachas seguidas en un partido de fulbito, la misma noche en que llevaste a tu novia para que te vea jugar por primera vez. ("Vas a ver lo bien que juego, mi amor", le anunciaste a tu chica antes de la pichanga. Al final quedaste como un cojudo).
Si lo miras con todas esas miradas juntas, sin duda asustarás a tu oponente. Será como aplicarle un puño letal en la quijada sin haberlo siquiera tocado.
4) Bailotea. Si notas con preocupación que ninguno de los tres tips anteriores surte el efecto esperado, tranquilízate: no todo está perdido. Si el compadrito se muestra inmune a los ataques gestuales que desplegaste gradualmente (los insultos, las miradas), pues bien, ahora toca hacerle creer que sí sabes pelear.
Si no has podido minar su seguridad con palabras, pues tienes que convencerlo con hechos de que eres un peleador callejero nato, y que tienes un récord favorable de puros nocauts a tus espaldas.
No importa que la única riña física que en verdad hayas sostenido a lo largo de toda tu vida haya sido con el payaso porfiado que te regalaron cuando cumpliste doce años. Es más, ni siquiera importa que haya sido el payaso el que ganó en aquella ocasión.
Esta es una situación crítica y debes falsear el talento que no tienes. ¿Cómo? Sencillo: aparenta, gesticula, baila. Lanza puñetes que corten el aire, sopla, haz jueguitos con los pies, sacude los hombros, amaga rectos invisibles, haz la finta de que tienes calles y de que te has mechado con todos los pendejos matones de tu barrio (tu rival no tiene por qué saber que vives en un apacible condominio lleno de ancianos, donde el púgil más activo roza los 75 años).
[Si tu contrincante no acusa recibo de todas las señales que le has mandado, entonces prepárate porque se viene lo bueno. Él, harto de tus requiebres y maromas, avanzará sobre ti dispuesto a masacrarte. Y para ese momento los siguientes tips son de singular importancia]
5) Cánsalo. Maréalo. Completa varias vueltas en círculo para que se agote. Si él da un paso ofensivo hacia adelante, tú da dos estratégicos hacia uno de los lados. Si él intenta el cuerpo a cuerpo y el contacto corto, evítalo como sea (si es estrictamente necesario, escabúllete por debajo de sus piernas, mismo Chapulín Colorado). Cuando menos te des cuenta él estará exhausto y entonces podrás abalanzarte sobre él y rematarlo a piñazos. Eso sí, cuídate de que el cansancio lo tumbe a él antes que a ti. De lo contrario, anda eligiendo mentalmente entre estas opciones: ¿“Jardines de la Paz”? ¡“Campo Fe”? o ¿”El Ángel”?
6) Desenfunda tu arma. Pongámonos en el caso de que el bruto este, no solo no se ha cansado, sino que se muestra cada vez más agresivo, lanzando derechazos que, por milagro, no te han dado todavía en la cara. Si esa es la situación, no te queda más remedio que apelar al recurso de emergencia: echar mano de esa arma que todos cargamos y que pasa desapercibida decorando nuestra cintura: sí, señor, me refiero a la correa. Una correa es un arma muy útil.
[¿Qué? ¿Perdón? ¿Te parece una cabronada defenderte con la correa? Mira, huevón. Para empezar, no estás en posición de opinar ni decidir nada. Están a punto de hacerte papilla delante de tu novia, así que solo sigue las instrucciones]
SácaLe la correa de un tirón (cruza los dedos para que tu pantalón no se venga abajo) y empúñala por el lado de la punta. Eso es: ahora manióbrala y sácale chispas al suelo con la hebilla. Trátala como si fuera un látigo. Compútate Indiana Jones y muéstrate bravucón. Dale en los tobillos, en las piernas, intenta azotarle la cara. Eso te hará ganar minutos para pensar –ahora sí, en serio– por dónde carajo salir corriendo.
7) Méchate a la qué chucha. Si después de unos minutos de mantenerlo a raya, el grandulón consigue arrebatarte la correa, estarás perdido. Él se acercará a ti y comenzará a rellenarte de golpes: uno en la barriga, otro en el bajo vientre, otro en la mandíbula. Si estás en ese trance, pues recurre a la última opción: peléate a la peruana. Ojo que pelearse a la peruana –técnica también denominada “a la ya qué chucha”– requiere de toda una estética que, en el fondo, supone una coreografía del desorden. Para empezar, esconde la cara, protégela pegando el mentón al pecho, así por lo menos disminuyes el riesgo de la desfiguración. El segundo paso incluye una tarea algo más compleja: repartir en el vacío ciegos y múltiples puñetazos, zarandeando los dos brazos continuamente, buscando que alguno le haga daño a tu oponente. No está de más que zapatees un poco, como quien improvisa un huayno, como para darle algo de dinamismo a la postura. Continúa así durante los próximos cinco minutos. Lo más probable es que después de un rato por fin conectes uno de tus puños salvajes en el centro del rostro contrario.
Debes ser precavido y orientar el tronco en el sentido correcto: podrías confundirte de objetivo. Tengo un amigo cobarde que, después de agotar todas las posibilidades, decidió trompearse con un extraño que había insultado a su novia utilizando este método. En esas andaba, cabizbajo, lanzando puñetes al aire, cuando oyó un sombrío “uyyyyyyyy” de parte del auditorio. Él levantó la mirada, satisfecho, creyendo que había tumbado a su obeso adversario. Enorme fue su sorpresa cuando advirtió que acababa de romperle la nariz a su chica.
Ten cuidado con que te ocurra eso. Claro, el penoso accidente te librará de tener que continuar la pelea, porque ni el más fiero de los energúmenos podría dejar de compadecerse ante tan tierna escena: tú en el suelo, llorando, tratando de reanimar a tu enamorada, cuya reciente rinoplastia acabas de malograr con un estupendo gancho (aplicado además con gran técnica).
Al verte, el fulano faltoso detendrá su ataque y se retirará de la escena con la avinagrada sensación de quien gana una pelea, no por K.O., sino por puntos.
Al verlo irse, tú respirarás más tranquilo y hasta sonreirás un poquito, creyendo que te salvaste de la tunda.
Lo que ignoras –como ignoraba mi amigo cobarde– es que una vez que tu novia se reincorpore y vea su nariz ensangrentada (y, por ende, su cirugía estropeada) te agarrará del pescuezo, estrellará tu cabeza contra la barra cuatro veces, te volará tres dientes de un botellazo, y quebrará tres de tus costillas con su rodilla. Y te dejará ahí, hecho una mierda, una porquería, un desarticulado amasijo de carne con hueso. A tu costado, un trapeador tendría mejor aspecto y más dignidad.
A la mañana siguiente, en la clínica, captaras la verdad de todo este asunto y comprenderás la triste moraleja que esconde: un energúmeno fortachón es menos peligroso que una chica recién operada.
lunes, 27 de julio de 2009
¿Mi novia online?
Harían bien las parejas de novios en no estar conectados virtualmente.
Resulta muy saludable para el fortalecimiento de las relaciones que no se inicie vínculo alguno a través del Messenger, el Facebook o esa cosa que no sé cómo diantres funciona y que se llama Twitter.
Como ya he escrito antes en este blog, el Messenger es un medio genial y muy útil para la temporada de seducción. Afanar a través del Messenger –ayudándote con los explícitos emoticones y siendo todo lo atrevido que no eres cara a cara– es tremendamente cómodo.
Sin embargo, por irónico que parezca, una vez que estás con enamorada, esa misma herramienta –antes cómplice– se convierte en vil enemiga.
Por eso, para evitar ese despropósito, esta es mi recomendación: si tu novia figuraba entre tus contactos antes de convertirse en tu novia, sácala lo antes posible y pídele que haga lo mismo contigo. Si, en cambio, ella nunca estuvo en tu red virtual, no la incorpores.
Y es que tener a la novia en el Messenger propicia varios escenarios incómodos. Por ejemplo:
1) Ambos se acostumbran a chatear más que a conversar, y por la noche, cuando se vuelven a ver después de un extenuante día de trabajo, ya no tienen gran cosa que contarse. Todos los temas sustanciosos del día –esos que hubiese valido la pena desmenuzar en vivo y en directo– se agotaron en el Messenger, se perdieron en la velocidad de esas frías chácharas de pantalla.
Como consecuencia, una vez que están solos, frente a frente, los silencios se multiplican entre ustedes de modo vertiginoso. Las capas de hielo se van levantando, una detrás de otra. “De qué le hablo, carajo, de qué le hablo”, te interrogas hacia adentro. Ella te mira, tú la contemplas. Eso es todo. A su costado, una pareja de maniquíes se vería más locuaz y comunicativa.
2) Con tu novia conectada todo el tiempo, el chat puede dejar de ser un placer relajante para convertirse en una adicción enfermiza. Chatean una, dos, tres horas seguidas y el chateo frenético los distrae por completo de sus respectivas labores oficinescas. Sin darse cuenta, de tan enchufados que están a la ventanita del MSM, de tan pendientes que paran de la inmediata respuesta del otro, se transforman en empleados sonámbulos. Rinden menos, producen la tercera parte de lo que producían, flojean y dejan de cultivar la iniciativa profesional que antes los distinguía. O sea, pasan a ser un par de mediocres más del sistema.
3) Si los diálogos virtuales de cada día se hacen muy extensos, corren el riesgo de tornarse desangelados y hasta pueden caer en un pozo funesto. Ahí hay que tener mucho cuidado, ojo, porque el hastío del bla–bla–bla suele dar lugar a patéticos malentendidos. Un chateo ligero e inofensivo puede convertirse, de la nada, en la versión on line de la Guerra de los Roses:
–Y gordo, qué más me cuentas, pues
–Nada, princesa, aquí, sigo chambeando
–Oye…
–Qué…
–¿Te dije que te quiero?
–Sí, gorda, yo también
–¿Pero cuánto?
–Mucho, mucho
–Ah, ya, más te vale, ja, ja
–Ja, ja
–Oye…
–Qué…
–¿Y qué estás haciendo exactamente?
–Nada, pues, trabajando. ¿Y tú?
–Aquí, en la chamba también, hueveando, pero hablando contigo
–Ah…
–¿Ah qué?
–No, nada
–¿Nada?
–Sí, pues, nada
–¿Qué? Ya no tienes nada que decirme
–No sé pues, amor, estamos hablando
–Sí, pero parece que te molestara
–Nada que ver
–¿Estás seguro?
–¿De qué?
–De que no te pasa nada
–(…) Un ratito, amor, tengo reunión
–¿Reunión? Oye, no te vayas dejándome así
–Un segundo y regreso…
–Siempre me haces lo mismo
–Me está llamando mi jefe, amor
–Ya, pero estamos hablando de algo importante
–(…)
–Oye, contéstame…
–(…)
–Pucha, te fregaste conmigo
–(…)
–Nunca me haces caso. Sabes qué: mejor ya no vengas a mi casa después, ya no me provoca
–(…)
–Y tampoco estoy segura de querer ir el sábado a lo de tus amigos
–(…)
–Qué pena que siempre dejes nuestra relación en segundo lugar
–(..)
–¡Ves, a esto me refiero cuando te digo que ya no somos tan compatibles!
–(…) Ya, amor, ya regresé de la reunión
–¡¡Qué amor ni que ocho cuartos!!! Me dejas hablando sola como una cojuda y después actúas como si no pasara nada
–¿De qué hablas?
–De eso, precisamente de eso: nunca sabes de qué hablo
–Amor, qué te pasa
–Nada. Ya no quiero verte hoy
–Pero por qué
–Aj, lo estás haciendo a propósito ¿no?
–¿Estás bien?
–¡¡¡¡¡No!!!!!!!! ¡¡No estoy bien!! ¡¡No estamos bien!! ¿No te das cuenta?
–¿¿¿Pero de qué??
–Qué idiota eres, me haces sentir como si fuera una loca
–Espérate, princesa, mejor te llamo, no entiendo nada
–¡¡No, no me llames!! ¡¡Y tampoco me digas princesa!!!
–Pero por qué
–¡¡Porque te odio!!
[El diálogo concluye así: ella furiosa huyendo del chat (y apretando los botones del mouse con rabia, como si el pobre aparato fuera una de tus extremidades), y tú, desconcertado, preguntándote en qué momento se fue todo al cacho]
4) Ese es otro punto grave: como en el Messenger no hay comunicación gestual, uno interpreta tonos e intenciones que no siempre coinciden con los originales. Allí donde uno soltó un chiste, el otro asumió una burla. Allí donde uno lanzó una propuesta seria, el otro asumió un chiste. Allí donde uno lanzó una burla, el otro asumió una propuesta seria. Las posibilidades de tergiversación son infinitas. Al final, los dos, por viciosos de la tecnología, acaban jugando al teléfono malogrado y dañan lo que pudo ser una conversa bacán, abierta, clara y memorable.
5) A través del Messenger los novios están tan ubicables que dejan de extrañarse. ‘Ver’ a tu novia en el estado de conectada es una manera de certificar que está bien, que está a salvo, lo cual desmantela esa siempre recomendable cuota de incertidumbre que debe existir ente dos chicos que se gustan y se quieren. No saber nada de tu novia a lo largo del día hace que te preocupes por ella, que te inquiete conocer su paradero, que la añores. ‘Verla’ allí, en cambio, convertida en un disponible y regordete peón verde, puede arruinar el encanto de la distancia bien administrada.
Cabe señalar aquí que nunca falta el enamorado celoso y atormentado que desconfía de la autenticidad de los estados virtuales de su pareja. Si ella está en Salí a comer, él piensa que sí, salió a comer, pero con otro. Y si ella está en Ocupado o Ausente, él sospecha todo lo contrario: que está muy libre y muy presente, pero que no quiere hablarle.
6) Si tu novia es muy susceptible, tarde o temprano reclamará aparecer en la foto de tu perfil del Messenger (que, para mi sorpresa, ha terminado teniendo casi tanto valor como la foto de la billetera). Si en vez de poner una imagen de los dos, tienes la frescura de colocar una muy sexy en la que sales solo y sonriendo, ay de ti, tendrás que soportar un cruel interrogatorio.
“¿Y esa fotito?”, “¿Por qué no pones una foto conmigo ah?”, “¿Acaso me niegas?”, “¿O no quieres mostrar que tienes enamorada?”. “Anda, pues, pon la que nos tomamos el otro día , a ver si me quieres”. “Pruébalo”.
Esas son típicas demandas posesivas de las novias que no se quedarán tranquilas hasta lograr su legítimo y algo vanidoso cometido: que te luzcas con ellas en el palacio de la fama de Internet.
7) Con el Facebook la cosa se complica todavía más. Si cometiste el error de inscribir a tu novia como uno de tus contactos, más te vale que especifiques tu estatus sentimental dentro de los datos generales. Recuérdalo, ya no estás soltero: estás en una relación, y es menester que lo proclames y hagas público. Eso sí, recuerda algo: entre hacer ese anuncio y llevar un anillo en el dedo no hay ninguna diferencia.
Lo verdaderamente trágico es que una vez que revelas tu situación afectiva todos tus contactos estarán al tanto del vaivén de tu vida amorosa: de cuándo se inicia y, sobre todo, de cuándo se acaba.
Por ejemplo, la información privada sobre tu rompimiento –que antes era reservada a los pocos amigos de confianza– ahora se prostituye, se divulga, se contrabandea y, al cabo de unas horas, se hace extensiva a cientos de personas que no tienen nada que opinar pero que igual opinan.
Si tu novia rompe contigo, no se come ningún roche virtual, pues ella misma se apurará en variar su estatus: de ‘comprometida’ pasará a ‘soltera’. El único mongo que pagará los platos rotos eres tú, que no solo tienes que tragarte el sapo de la depresión, sino que, encima, tienes que ver cómo se inscribe, contra tu voluntad, en el muro público del Facebook, la frase lapidaria Ya no estás más en una relación. Frase que va debidamente acompañada por la cachosa imagen de un corazón en miniatura fracturado en dos mitades.
Una vez que tu ex novia actualiza unilateralmente el estatus de ambos, no pasan ni dos minutos antes de que algún retrasado mental, jugando a compadecerte, aparece y te pregunta: ¿oe, broder, estás bien?
(…)
Por todo lo expuesto creo que está bien que yo también me mantenga lejos del Messenger y del Facebook de mi chica.
Ingresar a sus redes sociales sería como rebuscar en sus cajones, como mirar las llamadas de su celular, o como revisar su agenda rápidamente mientras ella se levanta para ir al baño.
Además, conozco perfectamente mi naturaleza celotípica y sé que resulta muy sano tomar precavida distancia de todo ese universo de información.
De la misma manera en que el alcohólico en vías de regeneración evita pasar cerca de una licorería por miedo a la recaída, así yo evito pasearme por esas páginas de la Internet por temor de no poder neutralizar las ganas de meter mis narices.
Si un día me asaltan los celos (cruzo los dedos para no ser poseído nuevamente por esa locura), lo primero que haría, lo sé, sería navegar por su Facebook como un chismoso desquiciado, buscando indicios para justificar mi paranoia.
Ya me veo: invirtiendo horas en hacer un barrido digital para averiguarlo todo. A quién le escribió; qué foto comentó; a quién agregó; a qué grupo se unió; fan de quién se hizo; qué álbum creó; que aplicaciones usó; qué test contestó; a qué eventos asistirá; quiénes le han dejado mensaje; qué nuevos contactos tiene. Uf, no, paso. De solo imaginarlo me indigesto. Sería un veloz atajo a la demencia.
Ya una vez, hace años, caí redondito en la tentación del vouyerismo computacional. Hice malabares de hacker y me filtré en el Hotmail de una novia (en realidad, le devolví el gesto, pues ella había hecho lo mismo con mi correo meses atrás).
Fue espantoso. Hallé todo lo que imaginaba que podía hallar. Había mails comprometedores, chateos íntimos, confesiones de las que hubiera preferido no tener idea. (No me hago la víctima: ella podría haber dicho exactamente lo mismo después de sus indagaciones por mi Hotmail).
Salí anímicamente tan desgastado de esa intromisión que me arrepentí por siempre de haberla perpetrado.
Hoy –en contraposición con el celoso infame que fui– he decidido practicar una filosofía más desapegada.
Mi precepto de cabecera es este: “Si quieres que una mujer no te engañe, dale la libertad para que lo haga. El día que le impongas una restricción estarás invitándola a que la viole”.
¿Qué quiere decir eso? Que la libertad nos lleva a moderarnos, sin necesidad de sufrir el yugo de candados exteriores. Por ejemplo, si le adviertes a tu novia “no quiero que hables con tu ex nunca más”, sin querer le estarás sembrando en la cabeza la inquietud por hacerlo. Pero si no le haces ninguna advertencia, quizá ella lo piense dos veces antes de traicionar tu confianza.
Es mejor que ella reprima el deseo de hablar con su ex por las ganas de respetarte antes que porque tú la obligaste a que te respete. (Aunque ahora que lo pienso mejor, lo ideal sería que ese deseo ni siquiera exista, pero, claro, ya se sabe que no hay control que valga en el rugoso ámbito de los deseos).
(…)
Estar expectorado de las redes sociales de mi novia no me preoucupa.
Su realidad virtual es parte de su espacio. Lo que allí ocurra no es de mi incumbencia, a no ser que ella quiera compartirlo conmigo deliberadamente.
Si de usar tecnologías se trata, lo único a lo que nos animamos es a intercambiar bonitos mails y a llamarnos por celular. No nos mensajeamos por el móvil, ni nos buscamos en el Twitter, ni nos saludamos en el Skype, ni nos colgamos del Flickr, ni nada.
Solo somos un par de chicos un poco abrumados por las novedades de la modernidad, que prefieren disfrutar de una conversa a la antigua, sin cables ni intermediarios.
(…)
Dentro de pocos años, cuando estemos atrofiados de tanto vínculo impersonal y distante, quizá se ponga de moda estar mudo en presencia de la novia.
Las parejas saldrán a la calle sin dirigirse la palabra. Pasearán en disciplinado silencio y al volver a sus casas correrán a sentarse cada uno delante de su laptop para, por fin, decirse lo que sienten.
Mientras menos hables en persona más encantador serás.
Algo me dice que a los novios del futuro (como a muchos lectores del presente) mis teorías
les importarán un cuerno.